Con motivo del 150º aniversario de la peregrinación de San Antonio María Claret al Real Monasterio de Santa María de Guadalupe os ofrecemos esta conferencia, del P. Carlos Sánchez Miranda, CMF (Director del CESC).

Un saludo cordial a todos. En primer lugar, expreso mi gratitud a la Real Asociación de Caballeros de Santa María de Guadalupe por la invitación a los Misioneros Claretianos para participar en estas LXXXVIII Jornadas de Hispanidad con motivo del 150 aniversario de la peregrinación de San Antonio María Claret a este Real Monasterio.

En segundo lugar, quiero manifestar la alegría que tengo de venir a este Santuario como un peregrino hispanoamericano. La razón es la siguiente: nací en una pequeña ciudad del norte del Perú contigua a otra más solariega llamada precisamente Guadalupe. Esta última, fundada en 1550 por el capitán Francisco Pérez de Lezcano, debe su nombre a Nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura[1]. Mi madre, nacida allá, me transmitió una sentida devoción a esta advocación, por lo que, cada año, participábamos en la multitudinaria romería que se celebra el 8 de diciembre. Con alegría vengo, pues, a dar gracias a Nuestra Señora de Guadalupe, Reina de la Hispanidad, por haber iluminado las primeras horas de la evangelización de mi tierra y las primeras horas de mi vida cristiana.

A continuación, me voy a centrar en el tema que se me ha pedido. Esta intervención tendrá tres puntos con el fin de comprender lo mejor posible el evento y el contexto de lo que hoy conmemoramos. En el primero, quisiera presentar brevemente el recorrido biográfico de san Antonio María Claret. En el segundo, trataré de focalizar el momento vital del Misionero cuando peregrinó a este Santuario. Y en el tercero, profundizaré las huellas que dejó este hecho histórico tanto en la vida del Arzobispo como en la historia del Santuario y Monasterio.

  1. San Antonio María Claret, nacido para evangelizar

Lo más genuino de la personalidad de san Antonio Claret y Clará se concentra en el título de misionero apostólico, que, en 1841, recibió de la Curia Romana. Desde aquel momento, este título se convirtió en su seña de identidad y en su proyecto de vida[2]. Desde esta clave seguiremos el hilo conductor del breve recorrido biográfico de este personaje crucial en la historia de la Iglesia española del siglo XIX y el significado de su visita a este Santuario.

Antonio Claret nació en Sallent (Barcelona) el 23 de diciembre de 1807, en el seno de una familia profundamente cristiana. Fue el quinto de once hermanos. A los 12 años, en 1820, sintió la llamada del Señor al sacerdocio y comenzó a estudiar latín. Las leyes anticlericales del llamado Trienio Liberal interrumpieron su preparación para ingresar en el seminario y su padre lo colocó a trabajar en el telar familiar. Al reconocer su habilidad en este campo, a los diecisiete años, se dirigió a Barcelona, donde se dedicó al estudio y al trabajo. En el cuarto año de su estancia en Barcelona, sufrió algunos desengaños y estuvo a punto de morir ahogado un día que fue a la playa. El recuerdo del texto del Evangelio «¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo si al final pierde su vida?» (Mt 16, 26) le llevó a replantearse el sentido de la existencia. A los 21 años se dirigió a la ciudad de Vic, en cuyo seminario diocesano estudió. Fue ordenado sacerdote el 13 de junio de 1835. Fue destinado a su pueblo natal, donde permaneció durante cuatro años. En este período, la Palabra de Dios nuevamente lo desinstaló de las seguridades que tenía, por ello, fue a Roma, donde intentaba ofrecerse para una misión en tierras de Oriente; pero de hecho, debido a una serie de circunstancias, acabó ingresando en el noviciado de la Compañía de Jesús, donde permaneció cinco meses.

En marzo de 1840, de regreso a Cataluña, el vicario capitular de la diócesis de Vic, Luciano Casadevall, lo envió a Viladrau, pequeña población rural. Allá, después de varios meses de atención pastoral y alcanzar fama de curandero, el 15 de agosto de 1840, realizó su primera misión popular. Desde este aquel momento hasta febrero de 1848, se dedicó a misionar en casi todas las diócesis catalanas. Después, hizo lo mismo en las Islas Canarias, donde permaneció trece meses. Desde 1835, cuando los religiosos habían sido expulsados de sus conventos en toda la Península, casi nadie predicaba misiones populares y parecía imposible hacerlo en medio de aquella situación política tan convulsa. El P. Claret, gracias a su audacia y valentía, llegó a predicar, más de cien. A pesar de su esfuerzo por no meterse en política, sufrió persecuciones y calumnias. Publicó numerosos libros, opúsculos y hojas volantes, hasta que, en 1848, con D. José Caixal, fundó la llamada Librería Religiosa. Se preocupó de la promoción de los seglares como protagonistas de la evangelización, especialmente, de las mujeres, en una época en la que los eclesiásticos desconfiaban de ellas. También se ocupó de motivar y formar a los sacerdotes para que vivieran su ministerio con más celo apostólico. El 16 de julio de 1849, fundó, en Vic, la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Pero, a los pocos días, el 11 de agosto, recibió la comunicación de su nombramiento como arzobispo de Santiago de Cuba.

Fue consagrado obispo en octubre de 1850 en Vic y en diciembre cruzó los mares para tomar posesión de su sede. La situación de la archidiócesis era deplorable; llevaba 14 años sin pastor y estaba marcada por las huellas de la explotación y la esclavitud, la inmoralidad pública, la inseguridad familiar, la desafección a la Iglesia y sobre todo la progresiva descristianización. Nada más llegar, el nuevo arzobispo emprendió, con un grupo de colaboradores, una serie de campañas misioneras. En seis años recorrió tres veces la mayor parte de su inmensa archidiócesis, a pesar de las dificultades de transporte. Se preocupó de la renovación espiritual y pastoral del clero y de la implantación de comunidades religiosas. Con Antonia París fundó las Religiosas de María Inmaculada-Misioneras Claretianas para atender a la educación de las niñas. Creó una Granja-escuela para los niños pobres, estableció Cajas de Ahorros, se esforzó por cambiar la mentalidad respecto a la esclavitud, fundó Bibliotecas Populares, incluso escribió dos libros sobre agricultura, etc. Tantas actividades con repercusión social le supusieron enfrentamientos, calumnias, persecuciones y atentados.

En 1857, la Reina Isabel II lo mandó llamar a Madrid y lo nombró su Confesor. Permaneció en este cargo doce años. A este período nos referiremos más adelante. A raíz de la revolución de septiembre de 1868, partió con la Reina al exilio. En París se prodigó en múltiples actividades apostólicas, especialmente en favor de los inmigrantes españoles e hispanoamericanos. En abril de 1869 se trasladó a Roma, donde participó en el concilio Vaticano I. Al concluir las sesiones, con la salud ya muy quebrantada, se trasladó a la comunidad que sus misioneros desterrados de España habían establecido en Prades (Francia). Hasta allá llegaron sus perseguidores buscando apresarlo, lo que le obligó a refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide, cerca de Narbona; allí falleció el 24 de octubre de 1870. Sus restos mortales fueron trasladados a Vic en 1897, donde se conservan actualmente. Fue beatificado por Pío XI en 1934 y canonizado por Pío XII en 1950.

  1. El momento vital del P. Claret como Peregrino al santuario de Guadalupe

Cuando el P. Claret llegó a este Santuario, el 20 de mayo de 1867, ya llevaba diez años en Madrid y se encontraba a dieciséis meses de partir al exilio. Estos once años en la capital fueron los más desafiantes de su vida. En primer lugar, porque su ministerio al servicio de una reina era lo último a lo que podía aspirar un misionero apostólico como él[3]. En segundo lugar, porque tuvo que moverse en un ambiente político muy enmarañado. Si bien, en 1857, cuando llegó a la Corte, ya habían pasado las turbulencias del llamado Bienio Progresista y, supuestamente, las aguas políticas se habían serenado, en realidad, la lucha entre las varias tendencias políticas no bajó la guardia en su lucha por llegar al poder. En medio de estas disputas, el P. Claret trató de mantenerse al margen de la política partidista; sin embargo, a pesar de esta actitud, unos y otros le acusaron de influir en la joven Soberana. El mismo P. Claret escribió en 1864: «Este año he sido muy calumniado y perseguido por toda clase de personas, por los periódicos, por folletos, libros, remedos, por fotografías y por muchas otras cosas y hasta por los mismos demonios» (Aut, 798).

Sin embargo, el P. Claret no se quedó en el victimismo y en la queja, sino que convirtió estos años en una etapa de intensa actividad misionera y en una oportunidad para crecer espiritualmente. Ejerció un incansable trabajo de predicación en la ciudad. Aprovechó los viajes con los Reyes para predicar por toda España. En 1859 la Reina lo nombró Protector de la Iglesia y del Hospital de Montserrat, en Madrid, y Presidente del Monasterio de El Escorial. Desde su llegada, se convirtió en el hombre de confianza de los Nuncios, por ello, una de sus mayores preocupaciones fue dotar a España de obispos idóneos y apostólicos. Fundó la Academia de San Miguel, asociación que aglutinó a intelectuales, literatos y artistas, tanto eclesiásticos como seglares, para evangelizar a través de la cultura. A nivel espiritual, alcanzó un alto grado de configuración con Cristo misionero, que se expresó especialmente en su vivencia eucarística y en su perdón y amor a los enemigos (cf. Aut. 694, 825).

Su alto grado de vida mística, no le impidió ocuparse de los asuntos materiales que la misión apostólica le exigía; al contrario, cada gracia espiritual lo comprometía más en aprovechar su talento práctico en las tareas apostólicas. En realidad, el P. Claret fue un místico de la acción. Su peregrinación al santuario de Guadalupe se desarrolló dentro de un viaje emprendido con el propósito de velar por el buen funcionamiento de las propiedades del Real Monasterio de El Escorial. La Reina le encomendó el cuidado y la dirección de este antiguo cenobio que se encontraba en una situación deplorable. Durante nueve años, el P. Claret consiguió convertirlo en un foco de irradiación espiritual y cultural. Puso en marcha varias instituciones: una Corporación de Capellanes, una Escolanía, un Colegio de Segunda Enseñanza y año de preparación a la universidad, un Seminario Supra-diocesano y comenzó el establecimiento de una Facultad de Letras. Además se ocupó personalmente de la recuperación material y económica del inmueble y sus posesiones[4].

Para poder cubrir los gastos que suponían todas estas actividades, se dedicó a mejorar la descuidada administración de las múltiples posesiones del monasterio. Si antes de la llegada del P. Claret las cuentas eran deficitarias y el monasterio necesitaba subvenciones de la Casa Real, después, además de cubrir los gastos de mantenimiento del edificio y de las obras apostólicas, aportaba una fuerte cantidad a la Tesorería Real[5]. El P. Claret había nombrado un procurador, pero no dejó de visitar personalmente las fincas del Monasterio. Esta fue la razón de su viaje expreso a Extremadura. Antes, en diciembre de 1866, había pasado por aquellas tierras acompañando a la Reina en su viaje a Portugal. En cambio, en mayo de 1867, el P. Claret vino a supervisar las dehesas de los Guadalupes y del Espadañal. Las primeras están situadas en Valdecaballeros, Alia y Castilblanco (Badajoz). Las segundas, en Navalmoral de la Mata (Cáceres). Había recibido quejas de que un administrador estaba descuidando la productividad de las tierras y que no estaba siendo justo con los trabajadores. El P. Claret, a pesar de su escasa salud, emprendió aquel viaje, acompañado del vice-presidente del Escorial, el sacerdote D. Dionisio González, y del hermano de este, D. Ildefonso, que se ocupaba de algunas cuestiones administrativas. En medio de la visita a ambas dehesas, el P. Claret llegó al monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe convirtiendo aquel viaje administrativo en una peregrinación misionera.

  1. Las huellas de una peregrinación memorable

La visita de San Antonio María Claret a Guadalupe está suficientemente documentada. Contamos con una noticia publicada en un diario capitalino de la época[6] y con la escueta crónica que D. Ildefonso González, hermano del Vicepresidente del Escorial, escribió durante todo el segundo viaje del Arzobispo a Extremadura[7]. Existen varios artículos sobre este tema que, aunque fueron publicados muchos años después, ofrecen información de primera mano[8]. Posteriormente, varios historiadores se han referido a este suceso[9]. Entre estos últimos, vale la pena destacar el trabajo exhaustivo del claretiano Federico Gutiérrez, que, en su obra San Antonio María Claret en Extremadura, dedicó numerosas páginas a recoger la documentación existente y presentar los detalles de esta memorable peregrinación[10].

La crónica escrita por Ildefonso González sintetiza en pocas palabras los hechos más importantes de la visita, por eso, la transcribimos: «20.- Salimos a las ocho, el señor Claret en un pollino, nosotros en caballos. A las cinco en casa de un guarda, y allí dormimos. Predicó. / 21.- Fuimos a casa de D. Francisco, filipino y rico; era sacerdote y nos enseñaron todas las alhajas de la Virgen de Guadalupe. Se nos portaron bien. / El 22, a las siete y media, salimos y nos esperaba a la salida una pareja de guardias que nos acompañó todo el viaje…»[11].

El P. Claret y sus acompañantes, procedentes de Castilblanco, llegaron a Guadalupe el lunes 20 de mayo de 1867 por la tarde. Llama la atención que el Misionero entrara como Jesús en Jerusalén, montado en un sencillo pollino. El carácter imprevisto de la visita se notó en que el Ecónomo de la Parroquia, P. Benito Díaz Calero, monje exclaustrado de San Jerónimo el Real de Madrid, no tuvo noticia de ella y, por lo tanto, no pudo recibir a los ilustres huéspedes en la casa parroquial. Se hospedaron durante la primera noche en la casa del guarda del Dehesón, D. Francisco Guerrero. En cambio, al día siguiente, el P. Francisco Vázquez los llevó a su casa. Este último sacerdote era un agustino recoleto exclaustrado que había sido misionero en Filipinas y había vuelto a su pueblo natal para pasar sus últimos años[12]. No solo los acogió, sino que los guió por el Monasterio y les enseñó los tesoros artísticos del Santuario y las joyas de la Virgen.

Aunque el P. Claret no estaba comprometido a predicar, no pudo contener su ímpetu apostólico y dirigió su palabra, tanto el lunes 20 como el día siguiente, a la población congregada en la iglesia. Un dato curioso que un testigo consigna es que el Ecónomo de la parroquia pidió a D. Alfonso Rodríguez que hiciera una pequeña tarima para que el Misionero la utilizara en el púlpito, durante el sermón del segundo día. No era la primera vez que, debido a su baja estatura (1,55 mts.), necesitaba este tipo de recursos para que pudiera ser mejor visto por los fieles.

La breve visita del P. Claret con sus acompañantes al Monasterio acabó la mañana del miércoles 22. El cronista dejó claro que habían sido bien tratados durante su estancia y que tuvieron compañía segura para desplazarse hacia Castañar de Ibor, adonde se dirigían para completar su viaje de inspección de las posesiones de El Escorial.

  • Unas gracias que marcaron la vida interior del Misionero

La única nota autobiográfica que el P. Claret escribió sobre esta visita dice: «[Acuérdate] de los favores en el Camarín de la Virgen de Guadalupe. Día 20 de Mayo de S. Ber. de Sena»[13]. Se trata de una hoja suelta que contiene registradas cuatro breves notas para su vida espiritual; la última es la referente a su visita a Guadalupe. En el primer día de su estancia en esta población, el Misionero, estando en oración en el camarín de la Virgen morena, recibió algunas gracias especiales que, posteriormente, se proponía recordar para seguir avanzando en su vida espiritual y misionera. Desgraciadamente no conocemos ni la fecha de la nota ni el contenido de los favores recibidos de Nuestra Señora.

Una pista para imaginar cuáles pudieran ser aquellas gracias la podemos encontrar en los propósitos que el Santo redactó al final de sus Ejercicios Espirituales, tres meses más tarde. Escribió: «Procuraré siempre la paz interior» (AEC, 716). En realidad, tenía muchos motivos en su ajetreada vida madrileña para perder aquella paz. La situación política era cada vez más apremiante. En junio de 1866, el Arzobispo había vivido con mucha consternación la Sublevación del Cuartel de San Gil ya que una de las principales barricadas estuvo al lado de su casa y él pensó que vendrían a prenderlo y matarlo. Por otro lado, la presidencia de El Escorial le acarreó muchas intrigas, calumnias y traiciones. Había renunciado varias veces, pero la Reina no le permitía quedar libre[14].

En medio de toda esta situación, no es difícil pensar que su encuentro con Nuestra Señora de Guadalupe fuese para el P. Claret portador de una renovada confianza en el Señor, que es la fuente de la verdadera paz interior[15].

El P. Claret había visitado muchos otros santuarios marianos en España: Montserrat, el Pilar, Covadonga, etc., pero no tenemos constancia de que haya escrito algo parecido como resultado de aquellas visitas. En junio de 1868, al referirse a sus visitas a la ermita de Fusimaña, situada a unos cinco kilómetros de su pueblo natal, escribió a su hermana Rosa: “No pocas veces me acuerdo de las visitas que hacía contigo a dicho Santuario… a visitar la santa imagen de María Santísima, de quien siempre he recibido tantos y tan singulares favores” (EC, vol. II, 1264). Solo en este primer santuario, al que visitó durante su infancia y al que volvió en varias oportunidades siendo misionero y obispo, y en este último de Guadalupe, al que peregrinó un año y medio antes de salir exiliado, hizo referencia a favores especiales de la Madre de Dios.

  • Unas gestiones que marcaron la historia del Monasterio

El monasterio de Guadalupe, cuando el P. Claret llegó como peregrino, se encontraba en total abandono. Como bien saben, la invasión de los franceses, la exclaustración temporal de 1822 y la supresión de las órdenes religiosas en 1835, condujeron al monasterio al colmo de su decadencia. La iglesia se salvó de la desamortización por su condición de parroquia. En poco tiempo la negligencia y la subasta de edificios y enseres, sumergieron al Monasterio en una situación ruinosa[16].

En las notas de Juan Rodríguez sobre la visita de Claret, se dice que este había quedado admirado de ver lo que allí había, porque, a pesar de haber leído y oído algo sobre el Santuario, nunca creyó que fuera tanto[17]. Más adelante, añadió: «Dijo que hablaría con la Reina detenidamente sobre este célebre Santuario y que se hiciera una exposición. Se hizo y se remitió, la cual entregó a S. M. que leyó; pero como en ella no se determinaba o nada se pedía, dijo S. M. a dicho señor que se pidiera; que si no se concedía todo, sería algo; y si no ahora más adelante; y se contestó a esto pidiendo el Patronato Real, carretera, más culto, etc.»[18]. El mismo cronista afirma que al poco tiempo llegaron comunicaciones del Gobierno al Alcalde y al Cura solicitando un inventario de las preciosidades y monumentos artísticos que existían en el Convento y el Santuario. Como los habitantes del pueblo estaban escarmentados de promesas sin cumplir, decidieron enviar una comisión que hablara personalmente con el P. Claret para saber si las gestiones que se venían haciendo eran fruto de su intervención. Al encontrar una respuesta positiva, la comisión envió un telegrama que decía: «Señor Alcalde. De objeto de artes y carretera, bien»[19]. El pueblo quedó más tranquilo. Lástima que, con la explosión de la Revolución Septembrina, todas aquellas gestiones quedaron paralizadas por un tiempo. Sin embargo, la intervención del Arzobispo quedó muy bien reflejada en las líneas de un historiador actual del Monasterio, Sebastián García, que afirma: «Desde Guadalupe llevó a la Corte de España su personal impresión de decadencia y su ruina y su influencia para lograr la deseada restauración»[20].

Como vemos, este encuentro entre el P. Claret y Nuestra Señora de Guadalupe marcó la vida del Misionero y la historia de la recuperación de este Monasterio. Con motivo de las Bodas de Plata de la Coronación Canónica de la Virgen de Guadalupe, en 1953, Félix Granda modeló el nuevo Trono de Nuestra Señora y entre los preciosos esmaltes que recuerdan las ilustres visitas recibidas por la Virgen, figura la del Arzobispo misionero.

Que nosotros, como el P. Claret, también tomemos conciencia de la cercanía de la Madre de Jesús, que nos ayuda siempre en nuestro camino de seguidores de su Hijo. Al mismo tiempo, comprometámonos ante Nuestra Señora de Guadalupe para que este Santuario siga siendo un foco de fe y cultura que ilumine la Hispanidad.

 

Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, 11 de octubre de 2017.

P.Carlos Enrique Sánchez Miranda, CMF.

Director del Centro de Espiritualidad Claretiana de Vic

 

 

[1] El mencionado encomendero, en agradecimiento a Nuestra Señora por haberlo librado de la ejecución de una injusta condena a muerte, mandó tallar una réplica de la imagen original de Extremadura y la llevó al Perú. Estableció una sencilla ermita que pronto se convirtió en un santuario y en el centro de irradiación del cristianismo por aquellas tierras. Ya en 1560, comenzaron las primeras peregrinaciones desde diferentes poblaciones; a los cuatro años, se establecieron allá los religiosos agustinos, que realizaron una admirable labor evangelizadora (Cf. R. Vargas Ugarte, Historia del culto de María en Iberoamérica y de sus imágenes y santuarios más celebrados, vol. II, Madrid 31956, 99-103).

[2] Ser misionero apostólico para el P. Claret significaba: «Ser continuador de la misión de Jesucristo, el Hijo enviado por el Padre, y la de los Apóstoles, enviados por Jesucristo a todo el mundo para dar a conocer a Dios como Padre y suscitar su Reino mediante el anuncio del Evangelio» (J. M. Viñas, La “Misión apostólica” de San Antonio María Claret, en A. Claret, Autobiografía y escritos complementarios [a partir de ahora, se citará como AEC], Buenos Aires 2008, 5).

[3] El mismo P. Claret expresó su insatisfacción diciendo: “Conozco que no tengo genio de cortesano ni de palaciego; por esto, el tener que vivir en la Corte y estar continuamente en Palacio es para mí un continuo martirio” (Autobiografía del Santo [=Aut], 620).  Más adelante, dirá: “Siempre estoy suspirando para salir. Soy como un pájaro enjaulado, que va siguiendo las varitas para ver si puede escaparse; así, yo voy discurriendo para ver si puedo salir” (Aut, 621).

[4] Cf. S. Blanco, El Escorial bajo la presidencia del P. Claret. Diez años de vida exuberante en el Monasterio (1858-1868): 226 (2013) 127-176.

[5] Testimonio de D. Antonio Barjau en Proceso Informativo de Vic, sesión 22.

[6] Cf. La Correspondencia, Madrid, domingo 26 de mayo de 1867, 3. El corresponsal se equivoca al afirmar que el P. Claret había salido de la Corte para ir expresamente al Monasterio de Guadalupe y al indicar que la fecha fue el 26 de mayo de 1867, día en el que realmente el P. Claret retornó a Madrid de todo su viaje a Extremadura (cf. F. Gutiérrez, San Antonio María Claret en Extremadura, Madrid 1994, 355-358).

[7] Esta reseña fue publicada por primera vez en J. Postius, Puntualizando el viaje a Extremadura: Iris de Paz 44 (1927) 845-847, 886-887. También reproducida en C. Fernández, El Beato Padre Antonio María Claret, Madrid [1947], vol. II, 108-109.

[8] Cf. A. Quirós, El V. P. Claret en tierras extremeñas: Iris de Paz 44 (1927) 685-688; E. Mediavilla, El Venerable Claret y Ntra. Sra. De Guadalupe en Extremadura en mayo de 1867: Iris de Paz 46 (1929) 301-302; E. Escribano, San Antonio María Claret y el Monasterio de Guadalupe: El diario Hoy, Badajoz, jueves 22 de noviembre 1951, núm. 5.941, columnas 5-7; transcrito en F. Gutiérrez, o.c., 355-358. En este último artículo, el autor presenta las noticias de la visita escritas por D. Juan Rodríguez Cano, hijo del último platero de los Padres Jerónimos, antiguo alcalde de Guadalupe y testigo presencial de los hechos.

[9] Cf. S. García, Guadalupe, siete siglos de fe y cultura, 114; [J. F. Delgado], Los Santos en Guadalupe. El beso de un Santo a Nuestra Señora de Guadalupe: El Monasterio de Guadalupe, enero-febrero 1960, núm. 525.

[10] Cf. F. Gutiérrez, o.c., 349-366.

[11] C. Fernández, o.c., vol. II, 108.

[12] Cf. S. García y F. Trenado, Guadalupe: historia, devoción y arte, Sevilla 1978, 201 ss, citado en F. Gutiérrez, o.c., 352.

[13] Manuscritos del P. Claret, vol. II, 64, en el Archivo General de la Congregación Claretiana y copia en el Centro de Espiritualidad Claretiana de Vic.

[14] En julio de 1867, escribió a su amigo D. Paladio Currius: «Yo francamente le digo que ya estoy harto con ocho años de persecuciones por ese dichoso Escorial» (J. M. Gil, Epistolario de San Antonio María Claret [=EC], vol. II, Madrid 1970, 1183). En agosto del año siguiente, cuando la Reina ya le había aceptado la renuncia y veía que nadie accedía al cargo, escribió a su amigo D. Dionisio González: «Parece que el Escorial es el potro para atormentar a los que le han de cuidar» (EC, vol. II, 1290).

[15] Es significativo que en la nota en la que se proponía recordar los favores recibidos indicase que el 20 de mayo se celebraba la memoria de San Bernardino de Sena, fraile franciscano y gran predicador italiano de los siglo XIV y XV, que tuvo que superar muchos obstáculos para poder realizar su misión apostólica. Claret recordaba que el día de aquella memoria la Virgen le había agraciado con sus favores para continuar con fidelidad la difícil misión que la Iglesia le había encomendado realizar en Madrid.

[16] Cf. S. García y F. Trenado, Guadalupe, cita de fe y arte, Barcelona 1975, 15 ss.

[17] Cf. E. Escribano, o.c., transcrito en F. Gutiérrez, o.c., 356.

[18] Ib.

[19] Íd., 357.

[20] S. García, o.c., 114.