Fue a primeros de diciembre cuando 16 misioneros llegábamos a la ciudad de Vic al mediodía del día 4.

Procedíamos de 12 países distintos y de 4 continentes.

A todos nos mantenía unidos el lazo del carisma heredado de Claret y la intensa experiencia compartida en dos meses de Fragua.

 

 

En esos lugares aspiramos durante 4 intensas jornadas el aire perfumado de nuestros orígenes.

  • El aroma de la primera Fragua que se respira en nuestra Casa Madre. En ella nos acogieron los hermanos con calor y exquisitez. No nos sentimos hospedados en un hostal. Estábamos en nuestro hogar. Ellos nos guiaron por las callejuelas de la ciudad de Osona para recordar in situ los pasos que por allí dio nuestro Fundador. Hay rincones, iglesias, plazoletas, calles… que guardan aún vivo el perfume soñador de un Claret joven, inquieto y ardiente, entregado a un altísimo ideal misionero.

 

  • El olor de una tumba “vacía”. Todos los días, sin faltar, visitamos los restos de nuestro Fundador. En ningún momento pusimos en duda que Claret es un profeta que vive. No ha muerto. Así lo sentíamos y experimentábamos ante el bello sepulcro que guarda dignamente sus despojos mortales. Claret ha perdido visibilidad física, pero no presencia. Su espíritu nos sigue alterando… Allí y en silencio, con reverente respeto, le fuimos diciendo de corazón a corazón que nos sentíamos orgullosos, y mucho, de ser de los suyos…

 

  • Las esencias del monte. Espinelves, Viladrau, Seva,… huelen a bosque, a leña ardiendo y a plantas medicinales. Los restos de una tímida nevada sirvieron de alfombra a nuestro paso por aquellos pueblos minúsculos. Ellos fueron campo de entrenamiento misionero para un gran santo… Allí aprendió Claret a misionar y a curar. Y allí mismo nos quedamos pensando y entendiendo que aquel pasado sigue teniendo futuro…

 

  • La fragancia de la Madre. El día 6 de diciembre fue el día mariano de la peregrinación. Recorrimos, en ida y vuelta, el sendero que une Sallent con Fussimanya. Fue un camino alegre y de rezos… Al divisar la ermita, volvimos a repetir lo que Claret hiciera tantas veces con su hermana Rosa: rezar y cantar el rosario hasta descansar a los pies de la Señora de la Sonrisa. Compartimos comida con los hermanos de Sallent –siempre atentos hasta el extremo. Cuando empezaba a atardecer subimos a visitar a la Moreneta. Fue ella con su otra sonrisa -enigmática esta- la que nos acogía tras las agujas de Montserrat entre cantos monacales.

 

  • El tufo de la ciudad de la industria y del turismo. Barcelona fue el territorio de peregrinación del día 7. La pateamos por la mañana. Transitamos por lugares claretianos de estudio y de conversión, de delirios y de heridas, de peligros y de salvación, de sueños y de decisiones. Claret vivió intensamente en la ciudad condal. En la parroquia de los santos Justo y Pastor, durante una sencilla eucaristía, sonó de fondo la música incómoda del “Quid Prodest”… con su provocadora pregunta, que nunca terminamos de responder: ¿De qué sirve ganarlo todo si te pierdes para siempre? Terminamos por la tarde visitando dos Familias: La basílica –monumental- y nuestra comunidad de Gracia, entrañable. Su sello dejó fijados los sentimientos finales de nuestra peregrinación: admiración por las grandes obras y agradecimiento a la historia de quienes nos han precedido en la vocación.