“Las sociedades están desfallecidas y hambrientas desde que no reciben el pan cotidiano de la Palabra de Dios. Todo propósito de salvación será estéril si no se restaura en su plenitud  la gran palabra católica”  (Aut 450).

EL PAN DE LA PALABRA

Este párrafo –original de J. Donoso Cortés- se lo apropió Claret en una época en que en España, debido a la supresión de las órdenes religiosas por el poder civil, apenas había predicación. Los sacerdotes se preparaban en el seminario para funciones litúrgicas y de gobierno parroquial, pero apenas para predicar. Claret percibió como pocos esa gran carencia y se lanzó a remediarla. Después de cuatro años de trabajo en parroquia (1835-1839), al presentarse en el noviciado romano de los jesuitas,  se definió a sí mismo como muy inclinado confesar y exhortar al pueblo, “tanto que en estos ejercicios – dice – soy infatigable” (AEC, p. 528).

Meses después, en sus correrías como predicador popular por Cataluña, no se conformará con realizarlas él solo, sino que asociará a otros a su tarea, dando origen a diversos grupos de predicadores, hasta desembocar en la Congregación Claretiana como agrupación estable. Y no sé limitará a difundir la palabra de forma oral, sino que editará libritos catequético-pedagógicos y terminará fundando una editorial, la “Librería Religiosa”, que en pocos años inundó España de folletos, hojas volantes y libritos de espiritualidad.

 Los medio de comunicación tienen hoy un inmenso poder. Esto lo saben bien los políticos, que, si pueden, apoyan a un periódico y hunden a otro. Los creyentes debiéramos tomar nota y lanzarnos a medios de comunicación de calidad, que desplacen a tanta bazofia seudoinformativa. Un anarquista del siglo XIX lamentaba que en sus filas no se hubiese publicado algo tan exitoso como el Camino recto de Claret. Harían falta hoy muchos Claret, en la prensa, televisión, internet… que, con palabra limpia, saciasen tanta necesidad –y a veces ansia- de alimento saludable.