El 18 de septiembre de 1868 estalló la denominada Revolución Gloriosa. El 30 del mismo mes, el P. Claret partió al exilio en Francia con Isabel II y su sequito real; y la Congregación vivió su primera experiencia martirial con la muerte del P. Francisco Crusats. Todas las comunidades claretianas, excepto la de Huesca, fueron desalojadas y los misioneros buscaron refugio donde pudieron. El 18 de octubre, el gobierno suprimió, entre otros, nuestro Instituto a nivel civil. Mientras tanto, el P. José Xifré, amenazado de muerte y escondido, trataba de gobernar una Congregación dispersa y tocada por el desánimo y la desesperanza. Al celebrar el 150 aniversario de estos sucesos, volvamos la mirada a esta memorable página de nuestra historia para descubrir el talante con que nuestros hermanos se enfrentaron y trataron de superar las dificultades.

No habían pasado aún 20 años de la fundación y todo parecía sonreír a nuestro Instituto: le había llegado la aprobación civil, en 1859; había recibido de Roma el Decretum Laudis, en 1860; había conseguido la anhelada aprobación pontificia de sus Constituciones ad decennium per modum experimenti, en 1865. Desde 1862 se abrieron las puertas a estudiantes; las comunidades llegaron a la media docena: Vic, Gracia (Barcelona), Segovia, Huesca, Jaca y La Selva del Campo; y el número de los misioneros aumentó considerablemente, al punto de llegar casi a un centenar. Además, la proximidad del Fundador, que en 1857 había vuelto de Cuba, era un gran aliciente. Todo parecía ir viento en popa.

Ciertamente la Congregación había pasado por una fuerte crisis durante el así llamado Bienio Progresista de 1854-1856. Aunque la situación política española parecía haberse calmado en los siguientes años, en el fondo había mucha inestabilidad. Ya en agosto de 1857, a los pocos meses de llegar de Cuba, el P. Claret presentía el peligro de un levantamiento; así se lo manifestó al P. Antonio Barjau, cuando, después de manifestar que continuaba siendo arzobispo de Santiago, le dijo: “Temo una revolución grande antes de mucho tiempo…” (EC, I, 1390). El 22 de junio de 1866, Claret experimentó muy de cerca la furia popular en la Sublevación del Cuartel de San Gil. Mientras los sublevados se atrincheraban delante del Hospital de Montserrat, donde vivía el P. Claret, este se refugió en el camarín de la Virgen de la capilla, creyó que iban a entrar a por él; por eso, se preparó espiritualmente, tal como se lo manifestó al P. Xifré: “Ofrecí mi vida al Señor y estuve siempre muy tranquilo” (EC, II, 1016).

Pío IX otorgó a Isabel II el distintivo de la Rosa de Oro y el P. Claret fue el delegado pontificio para la entrega. Con este gesto que reflejaba el buen entendimiento entre la Iglesia y el Estado liberal comenzó el año 1868. Sin embargo, los sectores más radicales del liberalismo y, sobre todo, las fuerzas revolucionarios que buscaban la caída de la Monarquía, estaban fraguando un golpe definitivo. El 18 de septiembre, el general Juan Prim encendió la mecha de la revolución en Cádiz, la cual se extendió por toda la Península. El 28 de aquel mismo mes, el ejército monárquico fue derrotado definitivamente en la batalla de Alcolea y se inauguró el denominado Sexenio Democrático. A los dos días, la Reina, que se encontraba tomando baños en San Sebastián, tuvo que huir a Francia. El P. Claret, como confesor real, la acompañó. Estuvieron un poco más de un mes en Pau y seguidamente se establecieron en París. El 30 de marzo del año siguiente, nuestro Fundador quedó libre de su cargo y pudo trasladarse a Roma para participar en la preparación del concilio Vaticano I.

Los efectos de la revolución en las comunidades claretianas fueron inmediatos. Las comunidades de Vic y de Segovia fueron desalojadas por las juntas revolucionarias provinciales. El obispo de Jaca, atemorizado por el ambiente político revuelto, se adelantó y suprimió unilateralmente la comunidad de aquella ciudad. Los misioneros de la comunidad de Gracia, al ver el peligro de las turbas revolucionarias que recorrían las calles, decidieron dispersarse para salvar sus vidas. La comunidad de Huesca, gracias al temple del P. Hilario Brossosa y a la popularidad que se habían ganado los misioneros, se mantuvo firme en medio de los desmanes de la revolución en aquella región.

El suceso más trágico fue el asalto a la comunidad de La Selva del Campo el 30 de septiembre. La mayoría de misioneros lograron esconderse, pero los PP. Reixach y Crusats decidieron abrir la puerta del convento para calmar a la turba llegada de Reus. Aunque el primer misionero logró escapar y esconderse en el templo, los verdugos tomaron al P. Francisco Crusats, y, después de golpearlo y humillarlo, le dieron dos tiros y una cuchillada en el cuello. La noticia de esta violenta muerte llegó a oídos del resto de misioneros y produjo gran consternación. En cambio, el P. Fundador, que se encontraba en Pau, vivió esta situación con mayor hondura espiritual; así lo reflejó en su carta dirigida el 7 de octubre al P. General: “Demos gracias a Dios: ya el Señor y su Santísima Madre se han dignado aceptar las primicias de los mártires. Yo deseaba muchísimo ser el primer mártir de la Congregación, pero no he sido digno, otro me ha ganado la mano. Doy el parabién al Mártir y Santo Crusats, y felicito al S. Reixach por la suerte que ha tenido de ser herido, y también doy mil parabienes a todos los de la Congregación por la dicha que tiene de ser perseguida. Dígales de mi parte que tengan ánimo y confianza en los Sagrados Corazones de Jesús y María. Las borrascas ni los huracanes no duran siempre; después viene la tranquilidad…” (EC, II, 1297-1298).

El 18 de octubre el nuevo gobierno decretó la supresión civil de la Congregación, al igual que la de varias otras que habían conseguido restablecerse en España después de la exclaustración de los religiosos en 1835. Muchos misioneros consideraron que este golpe era mortal para la Congregación. El ambiente de desaliento se acrecentó. Unos días antes, el P. Xifré escribió al P. Fundador explicándole la situación y cómo él mismo se iba refugiando en diferentes poblaciones aledañas a Vic porque los revolucionarios le habían amenazado de muerte. El P. Claret, desde su refugio de Pau, le volvió a escribir el 18 de octubre, diciéndole: “Me parece muy bien que V. se haya retirado y escondido a fin de evitar mayores disgustos; y así desde su rincón puede V. dar las disposiciones que tenga por conveniente respecto a los demás. En cuanto sea posible, procure que vivan de dos en dos Sacerdotes con uno o dos Hermanos que les hagan la comida, que vivan como si estuvieran en la Casa de la Misión, guardando las Reglas y recogimiento en diferentes poblaciones; que se ocupen en confesar, animar y consolar a los fieles, que les exhorten a hacer oración y tener frecuencia de sacramentos” (EC, II, 1304-1305).

Frente a los temores de algunos que creían que la Congregación ya no tenía futuro, el P. Fundador manifestó, a continación: “Dígales de mi parte que tengan fe y confianza en Jesús y en María. Yo, gracias a Dios, estoy muy contento y animoso, y aún alegre. Cuando considero que Dios es tan sabio, tan bueno y poderoso que aún de las cosas malas saca bienes, que espero que la Congregación aún sacará un grande bien de estas tribulaciones” (EC, II, 1305).

El P. Claret ofreció a sus misioneros un símil tomado del evangelio que reflejaba muy bien la realidad que la Congregación estaba viviendo, pero que requería una mirada más profunda para ser interpretada desde las claves de la fe y la esperanza. Acaba la mencionada carta escrita en la fiesta de san Lucas, diciendo: “Bien ha visto V. que por S. Lucas (que es hoy) el Labrador siembra su campo; el trigo nace muy hermoso y crece de tal manera que todo el campo parece una alfombra verde; pero ¡ay Dios mío! Vienen unos fríos tan recios, vientos de norte tan fuertes y heladas tan intensas, que dejan asadas las hojas del trigo y como si todo esto fuese poco, cae una nevada tan grande que cubre completamente al campo; el necio se espanta, pero el Labrador confía que la nieve se derretirá, que el frío se calmará y vendrá el buen tiempo; y entonces conocerá que todas esas contrariedades han servido para que el trigo echara más profundas raíces y más crecidos retoños. Ánimo, pues…” (EC, II, 1304-1306).

De hecho, así fue. A principios de noviembre, el P. Xifré cruzaba los Pirineos en busca de un lugar seguro para reabrir el noviciado y acoger a los misioneros dispersos en la Península. Desde la población de Prades, y más tarde Thuir, la Congregación se fue reagrupando, echando raíces más profundas e, incluso, cruzando los mares, ampliando así inesperadamente su misión universal.

 

“Conmemorando adversidades que abrieron horizontes inesperados: 150 años de un vendaval revolucionario que transformó a la Congregación” (Este artículo procede de la página web de la Congregación: claret.org).