El 14 de octubre de 2018 el Papa Francisco  proclama Santos en la Plaza de San Pedro (Roma)  a dos grandes cristianos de nuestro tiempo: el Papa Pablo VI, el Papa del Vaticano II y del postconcilio (1963-1978), y el obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, mártir.

Oscar había nacido en Ciudad Barrios el 15 de agosto de 1917, y murió en San Salvador el 24 de marzo de 1980. Es conocido por su estrenua defensa pública de los pobres y de los derechos humanos, y su solidaridad hacia las víctimas de la violencia que había entonces en su país. Debido a ello, fue asesinado por un francotirador militar durante la celebración de la Misa en la capilla del hospital Divina Providencia de la capital. Está enterrado de la catedral. En América, el pueblo sencillo comenzó enseguida a llamarle “San Romero de América”.

Como curiosidad, no solamente como ahora la Iglesia Católica, sino que desde hace tiempo la Comunión Anglicana lo ha incluido en su santoral. Es uno de los diez mártires del siglo XX representados sobre la gran puerta occidental de la abadía anglicana de Westminster en Londres. Su estatua está flanqueada por otros dos mártires protestantes: a su izquierda el norteamericano Martin Luther King, defensor de los derechos de los afroamericanos, y a su derecha el alemán Dietrich Bonhöffer, asesinado por los nazis durante la segunda guerra mundial. Incluso en 1979 el Parlamento británico lo propuso como candidato al Premio Nobel de la Paz.

En 1930, a la edad de 13 años, Oscar ingresó en el seminario menor de la ciudad de San Miguel, regido entonces por los misioneros claretianos. Posteriormente, en 1937, ingresó en el Seminario de San José de la Montaña de San Salvador. Estudió más tarde también en Roma, donde fue alumno de Monseñor Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, y ahora compañero de canonización.

Un año antes de su martirio, a la vuelta de un viaje a Roma, en 1979, pasó por Vic, donde dejó escrito: “He tenido la suerte de ir a visitar la tumba del Padre Antonio María Claret, fundador de los claretianos. Hay un relicario muy rico y el templo magnífico donde el centro es el cadáver adornado con una máscara de plata y ornamentos episcopales. Y, sobre todo, se han reconstruido en su forma original los lugares que han sido testimonio de la creación de este Instituto religioso cordimariano. Una foto, en el fondo, nos da la medida, 1’50, pequeña altura era la figura del Padre Claret y de sus compañeros de fundación, nombres que yo conocí desde mis primeros años de seminario, ya que comencé a formarme para el sacerdocio en esta Congregación, que entonces fue llevada por Monseñor Dueñas a San Miguel. He hecho estos recuerdos con los Padres, los cuales me han agradecido mucho la visita y yo les he agradecido mucho su acogida, siempre cordial” (Diario, 10 de Mayo de 1979).

       

 

¡San Romero de América, y ahora de todo el mundo, ruega por nosotros!