“Nunca reñí con nadie; procuraba ser benigno con todos. No me gustaba reír, aunque siempre manifestaba alegría, dulzura y benignidad” (Aut 386).

ALEGRÍA Y DULZURA DEL CREYENTE

Textos como éste pueden dejar la impresión de un Claret ingenuo, sin valores que defender o criterios que hacer valer. Pero fue todo lo contrario: en su predicación y en sus libros argumenta  de forma contundente, pero sin el menor asomo de agresividad. No quiere apabullar, sino acompañar en la búsqueda de la verdad; le gusta la suavidad y la mansedumbre evangélica. Cuando en la predicación quería fustigar ciertos vicios, lo hacía – según sus palabras – “como quien cuece caracoles, que los pone a cocer en la olla con agua fresca, que con la frescura del agua se extienden fuera de la cáscara, y, como el agua se va calentando imperceptiblemente hasta hervir, quedan así muertos y cocidos; pero si algún imprudente los echara en la olla hirviendo el agua, se meterían tan dentro de la cáscara, que nadie los podría sacar. Así me portaba con los pecadores de toda clase de vicios y errores” (Aut 290).

Hoy estamos acostumbrados a debates televisivos o periodísticos en que cada cual intenta descalificar al contrincante con los argumentos más “tumbativos”. No se tiende a la colaboración con el otro, sino a la anulación del otro; allí el amor no tiene espacio. Sólo cuando hay amor se transmite vida. El diálogo cristiano no es para derrotar, sino para crecer juntos.

Existió toda una tradición ascética de la “no-risa”; se recordaba que, según los evangelios, “a Jesús jamás le vieron reír y sí llorar algunas veces” (Aut 386); esto lo saben bien quienes han leído la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa. Claret participó de esa corriente ascética, pero le puso su correctivo; en su vida está muy presente la alegría; sufrió mucho, pero tuvo grandes gozos interiores. El grado y profundidad de la alegría no se miden por el estruendo de la carcajada,  sino por la paz interior y la dulzura.