“Conocí claramente que era la voluntad de Dios que yo no tuviera dinero ni aceptara cosa alguna, sino la precisa comida para aquel momento, sin recibir jamás provisión alguna. Este desprendimiento conocí que les causaba a todos grande impresión, y por lo mismo me esforzaba yo en sostener el punto que había tomado” (Aut 361-362).

FUERZA PERSUASIVA DE LA POBREZA

El seguimiento de Jesús, imitando su comportamiento, fue para Claret casi una obsesión a lo largo de toda su vida. Pero no en todas las épocas tuvo los mismos acentos ni revistió la misma forma. Cuando sea obispo diocesano en Cuba o presidente de El Escorial tendrá que dar vida a una serie de instituciones y atender a obras sociales y culturales que le exigirá hacer cálculos y balances… manejando mucho dinero.

Pero en su época de misionero itinerante por Cataluña y Canarias no existían tales complicaciones. Su única preocupación era tener todo el tiempo disponible para predicar, y – robando tiempo al sueño – escribir opúsculos y hojas volantes que prolongasen su predicación. Liberado de toda otra atadura, sólo necesitaba lo elemental: la comida y el vestido. Y ni siquiera esto le preocupaba, pues vivía la consigna evangélica de “no andéis inquietos por qué comeréis, qué beberéis, con qué os vestiréis” (Mt 6, 31). En las Constituciones para sus Misioneros reprodujo la sentencia evangélica  “no os procuréis oro ni plata ni calderilla” (Mt 10, 9).

Y es que en todo esto, Claret no solamente experimentaba el gozo de imitar a Jesús, sino que percibió una gran eficacia apostólica, que era otra de sus obsesiones. Al comienzo de cada misión popular advertía al auditorio cuáles eran sus motivaciones y cuáles no; excluía expresamente toda búsqueda de prestigio, placer o dinero. Esto daba a su palabra un gran poder de persuasión. Nadie le pudo confundir con un charlatán de feria. Siglos antes había dicho Sócrates, aquel insuperable genio de la ética: “de que estoy diciendo la verdad presento al mejor y al más fidedigno de los testigos: mi pobreza y la de los míos” (Platón, Apología de Sócrates).