“Como todo lo debemos hacer a mayor gloria de Dios, según la expresión de San Pablo, se sigue que la oración debe ser continua; y lo es, dice San Agustín, si nuestras obras están siempre animadas por el deseo de la fe, de la esperanza y de la caridad. Semejante deseo fomenta en el corazón jaculatorias y la rectitud de intención en todas las buenas obras que se hacen”

(L’egoismo vinto. Roma 1869, p. 73. Retrotraducido en EE p. 426).

ORACIÓN CONTINUA

La oración debe ser continua. Isaac el Sirio, monje nestoriano del siglo VII, decía: “el culmen de toda la ascesis es la oración que no termina nunca”. En la oración continua es el Espíritu el que ora en nosotros. No importa si estamos dormidos o despiertos. No importa si como o bebo, si descanso o trabajo. Algunos lo consiguen invocando frecuentemente el nombre de Jesús. Para Claret es vivir en la presencia de Dios continuamente.

¿Cuántas veces se debe orar? Jesús responde: Siempre. Si la oración es amar, no podemos dejar de orar. No es cuestión de cálculo, ni menos de regateo. No se puede estar continuamente diciendo oraciones, pero se puede estar continuamente orando. Como también se puede estar continuamente amando. Eso lo comprenden bien las personas que se aman. Siempre se sienten unidas, aún en la distancia. Benedicto XVI con frecuencia advierte que se debería considerar trabajo apostólico el tiempo dedicado a la oración. Por tanto no importa si hay mucho que hacer. Como diría la Madre Teresa de Calcuta: “Si hay tanto que hacer, oremos más”.

El verdadero problema es no sentir la necesidad de dialogar con Dios. Para Claret el ejemplo máximo es Jesús y su necesidad de dialogar con su Padre. Un diálogo que nunca se interrumpió y que se concluyó en la cruz, en medio del abandono más absoluto. En unas Máximas Espirituales que publicó para los jóvenes en 1857, comenta Claret: “La oración mental viene a ser como un horno donde se enciende y conserva el fuego del amor de Dios… En el fuego que arde en la meditación es en donde se quita toda la escoria, se derriten y funden los hombres, y se amoldan a la imagen de Jesús, se llenan del Espíritu Santo, y empiezan a hablar, como los que se hallaron en el Cenáculo”.