Fueron días de brumas y nieblas traspasados por una suave luz triunfante. Así fueron las jornadas de peregrinación pasadas a primeros de diciembre del 2018 en tierras claretianas.

Los 13 claretianos de esta Fragua-23 recorrimos aquellos lugares comprobando cómo la claridad de una vida traspasada de evangelio seguía siendo más fuerte que aquella densa y pertinaz niebla que emborronaba la comarca de Osona.

Delante del Sepulcro del P. Claret.

Veníamos desde Angola, Norte de Potosí, Dominicana, Chile, Argentina, Honduras, Málaga, Italia, Colombia, Las Palmas de Gran Canaria,…

Y a esos lugares volveremos dentro de muy poco para contar a muchos lo que hemos visto y vivido.

Llegados a Vic hicimos desde esa ciudad una inmersión por escenarios empapados de la historia de un hombre universal: Antonio María Claret, nuestro santo Fundador y Padre.

 

En el Museo de Vic.

Aquellos lugares componían el puzle de un itinerario de su vida, convulsionada toda ella por el paso de Dios: Sallent (nacimiento e infancia); Fusimaña (la tierna intimidad con la Madre); Barcelona (convulsa juventud cargada de proyectos y decepciones); Vic (el cultivo de las raíces); Viladrau, Seva, Santa Eugenia… (escenarios estrechos de un sacerdote joven e inquieto); el sepulcro de Claret (sus restos bajo el sello del amor); Monserrat (presencia permanente de la Madre desde los altos macizos); CESC (guardián y notario de un pasado crecientemente desvelado);  Casal Claret, complejo claretiano de Barcelona (la vigencia de un indestructible ideal); Sagrada Familia (cofre imponente que muestra a Barcelona y al mundo a nuestro santo catalán, primera de las estatuas colocadas en los exteriores, testigo de sus afanes misioneros y andariegos).

En Viladrau.

Como peregrinos y discípulos recibimos un verdadero alud de informaciones. Los datos escuchados, sorprendentes, salpicados de anécdotas y de emociones, nos confirmaban cómo el carisma se transmite y se robustece solamente con el roce y con el contagio. De lejos y a distancia, la bruma esconde y vela las realidades más profundas. Tuvimos que acercarnos. Desde la cercanía y con testigos, comprobamos en la proximidad cómo la luz iba taladrando brumas y neblinas y nos permitía saborear lo que siempre se le oculta al turista fugaz y distraído. Aquellos lugares transmitían energía, daban calambres… No nos dejaron indiferentes… Además de infinitas fotografías, trajimos impreso en el alma el ideal de un hombre que se sintió enviado a las periferias de todo el mundo y a quien el Señor nos ha unido como hijos que seguimos creyendo en su bendita locura.

Eucaristía en la Cripta.

A la corta distancia de los días trascurridos desde nuestro paso por esos lugares, nos queda un recuerdo remansado y muy agradecido hacia muchas personas. No podemos callarlo: Al P. Carlos Sánchez, a quien debemos no poco de lo vivido en esas intensas y frenéticas jornadas; al P. Josep Armengol, quien nos atendió en la Casa de Espiritualidad –ahora ya con la ausencia de las hermanas de la Institución Claretiana-; al P. Joan Soler que nos abrió las puertas del Casal Claret para acercarnos a la realidad de inmigrantes y marginados; del P. Toni Costa y su comunidad con quienes anduvimos por Sallent; a nuestra Curia y a la comunidad asistencial de Barcelona, por el breve y fraterno encuentro que nos ofrecieron.

Claretianos de la Fragua 23