“Nunca me cansaba de estar en la iglesia, delante de María del Rosario, y hablaba y rezaba con tal confianza, que estaba bien creído que la Santísima Virgen me oía. Se me figuraba que desde la imagen, delante de la cual oraba, había como una vía de alambre hasta el original, que está en el cielo; sin haber visto en aquella edad telégrafo eléctrico alguno, yo me imaginaba como que hubiera un telégrafo desde la imagen al cielo” (Aut 48).

LOS SÍMBOLOS DEBEN TRASCENDERSE

La vida de todos los días transcurre, no pocas veces, entre prisas y ruidos. La vida acaba siendo una vida atareada. El ritmo nos resulta ajetreado, casi se diría que vertiginoso, alocado. Nos vemos como zarandeados por mil y un reclamos, compromisos, objetivos, trabajos… Quizá, tú sabrás, es que a veces acabamos buscando el ruido para acallar el clamor del propio silencio. Y anhelamos y buscamos y pretendemos encontrar fuera lo que quizá está ahí, desde siempre, en nuestro olvidado interior. Como decía el poeta, “de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo” dormía el arpa en aquel rincón del salón oscuro.

Pero parece que el corazón humano necesita sí o sí, al menos algunas veces, y agradece, casi siempre, una cierta quietud tranquila, una serenidad pacificada y un silencio callado que todo lo envuelve y en el que nos sentimos bien, en paz y pacificados, en armonía, conscientes y  dueños de nuestro ser, vida, historia. La agitación y la inquietud nos envuelven hasta tal punto que, a lo mejor y casi sin darnos cuenta, incluso acabamos por llevarlos dentro de nosotros. Como que no pudiéramos ni supiéramos existir y vivir de otra manera sino agitados, atareados, zarandeados. En el fondo, reconocemos y sabemos que el ruido en general, y los mil y un ruidos en particular, no nos acaban de colmar, de llenar, de satisfacer. Y buscamos ciertos oasis, espacios y tiempos, de equilibrio, paz, serenidad, tranquilidad…

¡Bienaventurados, dicen que escribió alguien, los que no hablan; porque ellos se entienden! Porque no siempre las mil y una palabras, músicas… menos aún el ruido, son nuestros mejores aliados a la hora de programar la vida y de intentar llevarla a término. Un refrán dice algo así como que la palabra es plata y el silencio es oro. Y en silencio se han ido formando algunas obras grandes. El silencio es la primera piedra del templo de la sabiduría. Y la Iglesia, como otros lugares, puede ser como ese recinto de calma y de sosiego que nos permite la posibilidad de hacer silencio, de escucharnos por dentro y de sentirnos escuchados. ¿No sientes la necesidad del silencio?