Vicente Sanz , cmf.

La verdad es que no fue muy tempranero mi encuentro con Claret. Es cierto que con una madre arandina y viviendo en contacto con los claretianos de Buen Suceso, cerca de mi casa, se podría pensar lo contrario, pero no fue así. Cuando entré en el seminario claretiano a los 10 años yo estudiaba en un colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y sabía más de San Juan Bautista de la Salle que de Claret. Y las cosas no fueron a mejor durante la formación, ni siquiera durante los 5 años que pasé en Roma como estudiante y donde ahora me encuentro. Para ser sincero comencé a descubrir a Claret en Segovia, mientras trabajábamos los formadores con los postulantes en un sencillo proyecto que titulamos Huellas de Claret.

Pero fue en mi larga estancia en Madrid donde me di realmente cuenta de que simplemente estaba participando del desconocimiento general al ver que nadie se había preocupado en serio de descubrir las huellas que Claret había dejado en Madrid durante los 11 años de su azarosa vida en esa ciudad. Ahí es donde de verdad nació una entrañable amistad con el P. Fundador. Ya no era un santo de altar, sino un compañero de viaje, que sentía como nosotros, hablaba como nosotros, sufría como nosotros, rezaba como nosotros. Siguiendo sus huellas en Madrid descubrí la calidad de su santidad como no la había descubierto leyendo su casi legendaria vida en Cataluña, Canarias y Cuba. Descubrí que se había forjado sobre todo en el sufrimiento, en el martirio al que la vida le había empujado y que resultaba más doloroso que el atentado de Holguín. Y cómo se aferró a la amistad con Jesucristo y a su imitación en todo, lo cual quiso dejar como testamento a sus hijos, los misioneros claretianos, en su Autobiografía y en su Definición del Misionero, ambas escritas en Madrid.

Una casualidad me llevó a sumergirme en el profundo pozo de la maledicencia a la que fue sometido en vida y que tantas veces había oído pero que no pude comprobar hasta que descubrí los cartones de los hermanos Bécquer en la Biblioteca Nacional y que luego se harían públicos en diversos medios de comunicación bajo el nombre de “Los Borbones en Pelota”. La verdad es que yo ya estaba preparado porque durante las mañanas libres de mis vacaciones, al vivir cerca de la Hemeroteca Municipal de Madrid, pude sumergirme en las publicaciones de aquella época y lo que supusieron para Claret aquellos años claroscuros. Me sentí más cerca de Claret que nunca y quise recorrer los lugares donde desarrolló su actividad en Madrid y mostrarlos a los demás. No quería que se perdieran tan hermosos y fascinantes recuerdos, a veces muy dolorosos. Y no fue difícil seguirle por las calles de Madrid. A sus 56 años Claret ya era anciano y caminaba despacio.

Tuve otra oportunidad de acercarme a otro aspecto de Claret más íntimo cuando, por casualidades de la vida, me tocó, junto a mis compañeros de gobierno, recuperar en su dignidad la capilla del Cristo del Perdón de la iglesia del Rosario en La Granja de San Ildefonso. Poder acercarme a aquel Cristo al que de un modo misterioso Claret escuchó, el cual le alabó y animó en su difícil tarea de escritor y confesor, en el silencio y la oscuridad de aquella cálida iglesia de crujiente suelo de madera. ¡Qué maravilla de Cristo, obra de Luis Salvador Carmona, que tantos momentos de recogimiento ha regalado a los claretianos que se han acercado a visitarlo!

Pero no fue la única oportunidad que tuve de acercarme de modo especial a nuestro polifacético Fundador. También la Providencia me permitió elegir la forma de su presencia en la catedral de Madrid. No me resignaba a gastar tanto dinero para que estuviera encerrado en una capilla de la catedral, él que siempre caminaba en busca de los que se perdían por calles y barriadas oscuras de Madrid. Fue una gran alegría conseguir que le colocaran en la calle, junto a Ignacio de Loyola y Juan de Ávila. Para que pudiera seguir acompañando al pueblo de Madrid y convertirse en un punto de encuentro para los claretianos y claretianas.

Todavía recuerdo también, con un gozo particular, el día en que, con un reducido grupo, pudimos colocar una lápida en su habitación del Monasterio de El Escorial, junto al Cristo dorado al que veneraba con pasión de hijo y que le acompañó en una empresa de titanes muy poco reconocida por sus continuadores.

Siempre me ha gustado volver a la Curia Provincial de Madrid, donde me tratan de maravilla, pero ahora más que nunca por tener la oportunidad de contemplar al atardecer y en silencio ese precioso cuadro de Luis de Madrazo que preside el hall principal y que me traslada a una época de Claret que he llegado a conocer y admirar.

Y ahora me encuentro en Roma, intentando que los que viven o pasan por aquí sigan disfrutando con los recuerdos agridulces del P. Fundador, como fueron su paso por el noviciado de los jesuitas o su visita a Pio IX tras el reconocimiento del Reino de Italia o su agotadora y sufrida participación en el Concilio Vaticano I.

Este es un testimonio, yo diría, de cercanía. Me he convertido en un compañero de camino de Claret. A mi edad, ya he sobrepasado con creces la suya de cuando murió, quiero que siga siendo para mí alguien cercano. No un santo de altar sino un santo compañero de camino CON EL QUE ME ENCONTRÉ SIN SABER CÓMO.

P. Vicente Sanz Tobes, Hijo del Corazón Inmaculado de María (Misionero Claretiano)

                Nació en Madrid (España) el 13 de Octubre de 1945. Ingresó en el seminario claretiano a los 10 años. Hizo su primera profesión en Ciudad Real (España) el 15 de agosto de 1962. Estudio Filosofía en el seminario claretiano de Segovia (España) y Teología en Roma, primero en el Estudio Teológico “Claretianum” y, una vez cerrado éste, acabó la Licencia en Teología en la Pontificia Universidad Lateranense en 1970. El 17 de mayo de 1970 fue ordenado sacerdote por Su Santidad Pablo VI en el Vaticano. Comenzó los estudios de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Gregoriana antes de volver a España en julio de 1971. Allí comenzó su trabajo en Segovia como formador de los seminaristas menores claretianos. Llevó a cabo posteriormente trabajos pastorales en los Colegios Claretianos de Madrid, donde acabó el bachillerato en Ciencias Políticas y Sociales, y Aranda de Duero. En 1986 formó parte del Gobierno Provincial de la Provincia Claretiana de Castilla. En 1995 fue elegido Superior Provincial hasta el 2003 en que pasó a ser Consultor General de Apostolado de la Congregación, con residencia en Roma. Concluido este cargo en el 2009 y después de un año de estudios en la Universidad Comillas (España), volvió a Roma en septiembre del 2010 como Superior de la Comunidad-Parroquia del Sagrado Corazón Inmaculado de Maria en Parioli. En el 2015 fue nombrado Procurador General de las Misiones y en el 2016 Superior de la Curia General.