“No basta (…) el tener un confesor a quien se manifiesten con sinceridad todos los pecados; necesitamos también de un maestro que nos enseñe el camino de la virtud” (El Colegial o Seminarista Instruido, t. I. Barcelona 1860, p. 330).

NECESITAMOS MAESTROS

Por propia experiencia, el P. Claret vio la necesidad de tener maestros en la vida espiritual, y así lo aconseja a sus misioneros, a los seminaristas, a los sacerdotes y a todos. No en vano había sido durante unos meses novicio jesuita, miembro por tanto de una institución religiosa en la que a la dirección espiritual se da la máxima importancia.

En efecto, es muy necesario para nuestra vida como personas y como cristianos tener a un buen guía que nos escuche y nos oriente. Es un tesoro y un regalo de Dios encontrar a esa persona a quien confiar nuestra conciencia, estando seguros de que no vamos a ser juzgados ni recriminados, sino escuchados, comprendidos, respetados, y también estimulados y adiestrados para avanzar y progresar en nuestra fidelidad al Evangelio.

Y no puede uno refugiarse en que ya es adulto y, por tanto, capaz de guiarse a sí mismo; “nadie es juez en causa propia”, dice el conocido refrán. El P. Claret, siendo ya arzobispo y confesor real, y estando en un alto grado de perfección evangélica, se sigue poniendo humildemente en manos de confesores y directores espirituales. En sus biografías aparecen siempre los nombres de D. Carmelo Sala y D. Paladio Currius, dos sacerdotes de su confianza a quienes abre su conciencia como un niño que no conociese los recodos del camino y desea que alguien le asegure dándole la mano.

Todos necesitamos a alguien con quien contrastar nuestros sentimientos, actitudes y decisiones, porque los humanos tenemos mucha capacidad para engañarnos a nosotros mismos. Nos puede suceder también que, al no compartir nuestros problemas, sobre todo los que superan nuestra propia voluntad, se vayan enquistando y al final exploten en situaciones muy negativas, o se mantengan a costa de grandes incoherencias y conflictos interiores. Por todo ello vale la pena tener un buen acompañante espiritual. ¿Lo tengo ya? ¿Estoy decidido a buscarlo?