“En los trabajos, calumnias, persecuciones…, si éstas se sufren bien, se ejercitan las virtudes, se contraen muchísimos méritos, se edifica al prójimo; el Señor derrama muchos y grandes conocimientos y consolaciones. ¡Oh, dichosas y felices persecuciones y calumnias, que tantas gracias y consolaciones celestiales me proporcionáis”  (El consuelo de un alma calumniado, Barcelona 1864, p. 32).

ENTEREZA EN LA ADVERSIDAD

Las palabras del P. Claret “si éstas se sufren bien”, referidas a las persecuciones, nos invitan a examinar nuestras actitudes ante la adversidad en general. Claret piensa en las persecuciones como consecuencia de su fidelidad a la llamada del Evangelio. Especialmente en la época de Cuba y en la de Madrid, su entrega a sembrar la Palabra de Dios le acarreó calumnias y atentados. Pero ante ello tuvo  la firmeza de la fe, no sólo por la actitud piadosa de aceptar la voluntad de Dios, sino también convencido de que eran la normal reacción de un mundo injusto al correctivo evangélico. Ya en su primer discernimiento para hacerse misionero itinerante, se había dado cuenta de “las terribles y espantosas persecuciones que se levantarían contra mí” (Aut 116).

La base de esta intrepidez del Padre Claret era su vida arraigada en Jesús. “El siervo no es más grande que su amor. Si me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros también” (Jn 15, 20).  Su opción por una identificación personal con Jesús (cf. Aut 444.6) le obligó a compartir las consecuencias del anuncio del Reino. Su actitud frente a esos comprensibles rechazos no le encerró en un mundo de amargura o pesimismo, sino que le ayudaron a percibir mejor la grandeza de la causa y a entregarse a ella con entusiasmo aún mayor.

La fidelidad al amor de Jesús (“la Caridad de Cristo me apremia” era su lema episcopal) se había apoderado totalmente de Claret, de modo que en su entrega a la evangelización soñó siempre con ir a más; aunque también las persecuciones fuesen a más. Después de narrar el gozo que le produjo el atentado cruento de Holguín, habla de sus peculiares “esperanzas”: “Y hacía subir de punto mi contento el pensar que esto era como una muestra de lo que con el tiempo lograría, que sería derramarla toda y consumar el sacrificio con la muerte” (Aut  577).

Lo que no cabía en la vida de Claret –ni debe caber en la nuestra- es la entrega a medias o con cara larga. La causa es tan noble que sólo puede asumirse entusiasmo siempre creciente, incluso en medio de las contrariedades que origine.