El primer recuerdo que tengo de nuestro Fundador es de cuando yo tenía seis años, por ocasión de la canonización, el 7 de mayo de 1950. Los alumnos del Colegio del Corazón de María salimos por las calles en formación, con banderitas del Vaticano en las manos y cantando un himno que se tornó popular: “Cantem tots amb veu fervent del gran Claret la glòria i santedat…” (Cantemos todos con férvida voz, del grande Claret la gloria y santidad…). Claret ha sido por tanto una figura familiar para mí desde la infancia. Con toda naturalidad formaban parte de mi imaginario los episodios que el mismo Claret relata en la Autobiografía y que nosotros encontrábamos ilustradas en publicaciones infantiles: el rosario rezado entre los telares, las idas a Fussimanya con su hermana Rosa, las noches en vela pensando en la eternidad, etc.

He tenido el privilegio de hacer el noviciado en Vic, junto al sepulcro del P. Fundador, y en una época en que era posible pasar todos los días unos minutos junto a la urna transparente, la cabeza cubierta por una máscara de plata y el cuerpo revestido con los hábitos episcopales, pero dejando al descubierto los huesos de las manos y los pies, envueltos en una gasa transparente. Claret pasaba a ser algo muy real y próximo. Allí estaban aquellos pies incansables, que recorrieron paso a paso miles de kilómetros llevando la palabra de Dios a todo el territorio de Catalunya (para mí sin duda el período más fecundo de su vida), y aquellas manos que tanto escribieron, para extender aún más el alcance de la predicación, siempre encendida.

Claret, su personalidad y espiritualidad, me ha enseñado a no dudar. A pesar de mis limitaciones y deficiencias, el espíritu de Claret no deja lugar a la indecisión ni al desánimo. La naturalidad, e incluso simplicidad, con que Claret se relaciona con el Padre, con Cristo, la misión de la Iglesia, el lugar de María en la obra de la salvación, etc., lo llevan a expresarse con la mayor objetividad: “Dios me llamó, yo oí y me ofrecí”.

Esto me lleva a considerar el papel que adquiere la Palabra revelada en la vida y misión de Claret. Su bagaje de caminante consiste simplemente en una Biblia, en latín, de tamaño reducido, para poder llevarla consigo, y leerla todos los días. Claret es un gran conocedor de la Biblia, no sólo porque la lee con frecuencia sino porque es el alimento de su espíritu y de su acción. Pasa continuamente de la Palabra a la acción, sin intermediarios, sin hermenéutica, sin ideología. Me atrevo a decir que, en la práctica, se hace propio el principio luterano de “sola Scriptura”, no ya en el sentido de excluir la fe de la Iglesia, sino de no interferir en su sentido obvio, dejándose conducir por ella.

Estas son mis impresiones. Supongo que serán de algún interés, principalmente para aquellos que han respirado el carisma claretiano desde otras experiencias y perspectivas. Gracias a todos los que han expresado igualmente, sobre todo a partir de la actividad misionera, sus vivencias claretianas.

Jaume Sánchez Bosch, CMF.

 

Nacimiento: 6 de octubre de 1943, Barcelona

Seminario menor: Cervera (1954-57), Barbastro (1957-59)

Noviciado: Vic (1959-60), Primera profesión 16 de julio de 1960

Filosofía: Solsona (1960-63)

Práctica de Pastoral: Sant Boi (Auxiliar en el seminario menor) (1963-65)

Teología: Roma, Claretianum (1965-69)

Ordenación Sacerdotal: Roma 06 de abril de 1969

Licenciado en teología: Roma, Pont. Univ. Lateranense (1969-70)

Licenciado en Sda. Escritura: Roma, Pont. Inst. Bíblico (1970 -73)

Estudos Bíblicos: Jerusalén, École Biblique (1974-75)

Docencia: Roma, Inst. Regina Mundi (1975-77)

Destino y docencia: Curitiba, Studium Theologicum (1977-89)

Especialización Sda. Escritura: Roma, P.I.B. (1989-99)

Docencia: Curitiba, Studium (1999-2003)

Superior Provincial: São Paulo (2003-08)

Docencia, Director del Studium y Superior local: Curitiba (2008-16)

Recuperación del accidente sufrido: Batatais, Domus Claret e Comunidade Claretiana (2017-18)