“El Señor nos ama mucho, amémosle también a él, amor con amor se paga. Él se nos da todo entero en el Santísimo Sacramento, razón en que nosotros nos entreguemos todo a él. Sí, démosle el corazón con sus afectos, el alma con sus potencias y el cuerpo con todos sus sentidos, por manera que podamos decir como el Apóstol: vivo yo, mas ya no yo, sino que vive en mí Cristo” (Carta a la abadesa de las Huelgas, 5 julio 1867, en EC II, p. 1168).

AMOR CON AMOR SE PAGA

Claret había puesto como lema de su escudo episcopal el conocido texto de san Pablo: “El amor de Cristo nos apremia…” (2Cor 5,14); un texto que algunos traducen hoy mejor, de acuerdo con el verbo griego allí utilizado, como: “El amor de Cristo nos posee…”, entendido en el sentido de una totalidad que nos envuelve y nos “constriñe”, y no simplemente como si fuera un impulso exterior y basta. La Biblia de Luis Alonso Schökel y Juan Mateos lo traducía así: “El amor de Cristo no nos deja escapatoria”. Un amor tan grande que no es posible encontrar razones o excusas para evitarlo, olvidarlo, aguarlo…

Los entendidos en sintaxis griega dicen que, en ese texto, el complemento “de Cristo” es un “genitivo general” o ambivalente; es decir, que significa al mismo tiempo el amor “que Cristo nos tiene” y “el amor que tenemos a Cristo”; en realidad, el segundo nace del primero: él nos amó primero, y “nos complicó la vida”, ¡en el mejor sentido del verbo complicar! Un agradecimiento y una tarea pesan sobre nosotros.

La reacción del discípulo tiene que ser, dentro de lo humanamente posible, una respuesta de amor total. No valen las medias tintas, tener el pie en dos zapatos. La complejidad de la sociedad actual nos invita continuamente y tiende a constreñirnos a una vida fragmentada, “líquida”, dividida en intereses diversos e incluso contrapuestos; a no querer renunciar a nada, a no tener un verdadero centro motor; a vivir descentrados, dispersos, interior y exteriormente disgregados, débiles. Aquello de una vela a Dios y otra al diablo, con lo cual no maduramos ni humana ni espiritualmente.

¿Es realmente Dios, con el amor que me ha manifestado en Cristo, el centro de mi vida, lo que polariza, jerarquiza y da sentido a toda mi existencia, mi pensar, desear, discernir, amar, decidir y obrar? ¿Vibra mi “afectividad humana” ante el Dios que me ama?