Salvador León Belén, cmf.

PRIMER HILO

Con entrañable cariño me remonto a Teresa, mi abuela materna. Mis años de infancia son acompañados por ella, con ella visito la capilla que los misioneros claretianos tenían en la calle Conde de la Cañada en Ciudad Real. En aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre sí quiero recordar, se fueron congregando un buen número de novicios que soportaban duros inviernos y calurosos veranos cllimatológicos. Al caer de la tarde gustaba de rezar el rosario con sus nietos, así y allí comencé la relación piadosa con María que después se fue haciendo relación de hijo, de amor y nido.

SEGUNDO HILO

Pasarán más de 12 años cuando de nuevo la gracia de Dios me abre el corazón a través del sacramento de la Reconciliación. ¿Por qué soy claretiano? Tal vez el acontecimiento de aquella confesión sembró en mí una inquietud por conocer más a fondo la vida de Jesús, por preguntarme ¿Cuál es mi sitio en el mundo? ¿A qué me siento llamado? Soy claretiano por pura Providencia amorosa, por responder a una pregunta que un día me hizo el P. Marciano Fernández Valbuena, cmf: “¿Has pensado alguna vez ser sacerdote misionero?” Al comienzo respondí con evasivas. Aparecieron excusas, también otras posibilidades… La pregunta volvió a resonar después de un año. En esta ocasión acepté iniciar un tiempo de discernimiento. El encuentro con la parábola del tesoro escondido (Mt 13, 44) puso rumbo a una nueva andadura. Dejé de mirar hacia atrás. Renuncié a otros caminos que ya había iniciado. Nada comparable al tesoro que llenaba y llena mi corazón de inmensa alegría.

TERCER HILO

Conflicto familiar. Mi padre deseaba ardientemente que continuara con el comercio de zapatos que con tanto trabajo y sacrificio levantaba cada día para el bien de toda la familia. Todos arrimábamos el hombro. Mis hermanos y yo compaginábamos horas de estudio en nuestras carreras universitarias y horas de apoyo en el negocio familiar. Cuando en aquel tiempo leí la autobiografía del P. Claret me hizo mucho bien quedar seducido por la fuerza misionera y la búsqueda de la voluntad de Dios que el P. Fundador tuvo en todo momento. Yo tampoco quería defraudar a mi padre pero al decirle que quería ser sacerdote quedó desconcertado. Él ya me había preparado la apertura de un comercio, yo había finalizado los estudios de Magisterio y ya había comenzado a trabajar. Creo que por aquel tiempo mi madre, con su corazón sacerdotal, fue la gran catequista y pedadoga de mi padre, ella supo sostenerle y poner paz en sus luchas. Su corazón de madre se convirtió en permanente intercesión. Ella fue siempre dócil a la voluntad de Dios y creyó firmemente en la Providencia amorosa que cuida de todos. Esta es la mejor herencia que he recibido en mi vida misionera.

CUARTO HILO

Sin la sabiduría y buen acompañamiento del P. Maestro, Angel Garachana, y los formadores, Lorenzo Camarero y Fernando Campo, la vocación recibida no habría ido creciendo y madurando hasta alcanzar el primer fruto del “para siempre”. El día 19 de marzo de 1986 esas palabras  fueron pronunciadas con gozo personal y compartido. Sólo el tiempo y la experiencia le fueron  dando su progresivo cumplimiento. ¡Cuánto bien se experimenta al ser acompañado! ¡Cuántos compañeros de camino hacen posible lo que parecía imposible! Durante este tiempo de formación se fue tejiendo una nueva experiencia espiritual: “Cristo vive en mí”, “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae”. Recordé entonces la experiencia del compás que nos relata el P. Claret. Advertí la necesidad de estar anclado en un centro que centrara cada vez más mi vida, que evitara la dispersión, la superficialidad. Estaba culminando el tiempo de formación inicial, se abrían nuevos horizontes, nuevos rostros, nuevas tareas. Comenzó el encuentro con la vida pastoral en el mundo colegial y parroquial. ¿Cómo tejer en nuevo hilo?

QUINTO HILO

“Nos señalaste un trozo de viña y nos dijiste: venid y trabajad”. Recordé entonces al P. Claret que dijo: “Enamórense de Jesucristo y harán cosas mayores”. Acoger a Jesucristo, con todo mi ser, con todas mis fuerzas, con todo mi amor, representó el gozoso privilegio de ser alcanzado por el Señor de mis horas y de mi vida. El corazón quedó abierto, de par en par, a lo que estaba por venir, a las nuevas realidades y desafíos que estaban llamando a la puerta. Desde lo hondo del alma estaba dispuesto a amar la vida sacerdotal y misionera tal y como se fuera presentando. Creí profundamente que “el que inició en mí la obra buena, él mismo la llevaría a término”. Experimenté a fondo mi vulnerabilidad y descubrí que donde estaba mi herida estaba también mi don. Empezaba el tiempo de compartir y darse, el tiempo de necesitar siempre la mirada del Otro, y de los otros, ser cada día receptáculo del don recibido. Me gusta agradecer a Dios todo cuanto me da, pero sentí que debía agradecer también lo que aún no había recibido y me podía permitir y descubrir fuerzas insospechadas que también me iban a permitir ser yo.

SEXTO HILO

“Rema mar adentro”. Ahora la gracia recibida fue la experiencia que tanto marcó la vida misionera de Claret: “El Espíritu del  Señor está sobre mi”. ¡Oh Espíritu de fuego! ¡Oh Espíritu que haces nuevas todas las cosas! “¡Os infundiré mi Espíritu!”. Sí, me dejo guiar y enseñar por el Espíritu de Jesús para conocerle y amarle más. Siento que también nací para evangelizar que tengo que dar más espacio al Señor en mi ser y quehacer. Nunca enterré y guardé el tesoro que en vasijas de barro porta mi vida. Mostrarlo, custodiarlo, ofrecerlo, abrazarlo, agradecerlo, darlo a conocer era la razón de mi ser y hacer como evangelizador. Él me ha movilizado y llevado por tierras de jóvenes, de formación, de misiones populares, de comunidades parroquiales, tierras de dolor y sufrimientos, de amor y de alegre esperanza, de catástrofes y reconstrucciones, de angustias y de impotencias, de muerte y de vida. Comenzó a dolerme la vida y las amenazas contra la vida. Fui aprendiendo de la misión y de mis hermanos misioneros a ser misionero del Padre. Aprendí a ser enviado, a ser desprendido, a sembrar y compartir. Este mundo tan complejo y amado por Dios se convirtió en motivo de oración de intercesión. Fatiga y paz se aliaron para rezar, sin desanimarme. Cansado al final del día no he permitido que “la puesta del sol me sorprenda enojado”. El trabajo apostólico fue ocupando mi corazón y mi tiempo. La proclamación del Reino constituía la causa de mi alegría.

SÉPTIMO HILO

Y ahora en tierra de Fragua, tierra sagrada donde por un tiempo un “montoncito” de misioneros que se renuevan al fuego de la Palabra, en adoración al Padre, en seguimiento fiel a Jesucristo y ungidos por la fuerza del Espíritu y desde el corazón de la Madre donde caben todos los hijos se sienten dispuestos e impulsados a seguir dejándose la piel por la construcción del Reino de Dios. No lo hacen como “llaneros solitarios”, sino en comunión fraterna con quienes han recibido el mismo carisma en la Iglesia y para el mundo.

Quiero terminar mi la aportación que me han pedido recogiendo el símil del telar y el tejido que el P. Claret nos señala  en la autobiografía.

SIMIL DEL TELAR Y EL TEJIDO

“De cuantas cosas he estudiado, y en cuantas cosas me he aplicado durante la vida, de ninguna he entendido tanto como de la fabricación (el tejido)…  Dios me había dado tanta inteligencia en esto, que no tenía más que analizar una muestra cualquiera para al instante trazar el telar con todo su aparato, dando el mismísimo resultado… En un principio algo me costaba, pero aplicándome… salí aprovechado. Cuando después de mucho discurrir acertaba en la descomposición y composición de la muestra, sentía un gozo, experimentaba una satisfacción, que andaba por casa como loco de contento…” (Aut. 58, 59)

La acción de tejer integra, crea, transforma, une, asocia, da una nueva vida e identidad… Amplía las posibilidades y horizontes, relaciones, comunicaciones… enriquece, refleja mejor la variedad y riqueza, genera nueva vida. Supone creatividad, búsqueda de hilos, combinación de colores, formas, materiales. Supone lucidez, tener objetivos, qué vamos a tejer, con qué fin, para quién, para qué uso.

Quiero seguir siendo eco de la Palabra que me enamora, me hace libre y alegra mi vida de principio a fin. La victoria de la fe ha hecho posible perseverar en el don inmerecidamente recibido.

 

(Breve biografía de Salvador León Belén, para añadirla al final de su testimonio).

El 26 de enero de 1959… “qué suerte que tuve de nacer”…, fue en Miguelturra (Ciudad Real); un año antes lo hizo mi hermano mayor, después de mi nacimiento llegó una bebé que murió en la infancia, y por último mi hermano José Luis. Primeros años de escuela, de juegos, de aprendizajes en el pueblo. De los 14 a los 17 realizo los estudios de bachillerato y COU en la Universidad Laboral de Córdoba. De vuelta a Ciudad Real curso los estudios de Magisterio e inicio la docencia por un año en una escuela de estudios de primera enseñanza. En agosto de 1980 inicio el noviciado en Los Negrales (Madrid). Soy ordenado el 20 de junio de 1987. Curso la Licenciatura en Teología Catequética en el Seminario Mayor “San Dámaso” en Madrid. La Gracia de Dios me ha ido acompañando por Segovia, Burgos, Madrid, tiempos de misión en Latinoamérica y ahora de nuevo en Los Negrales colaborando en la experiencia de renovación carismática: “Fragua”.