“El Espíritu del Señor aspira donde quiere, cuando quiere y a quien quiere. Lo que importa es conocer la voluntad de Dios y cumplirla bien de nuestra parte, que buen cuidado tendrá Él de darnos los auxilios y gracias que hemos menester”

(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 21)

A LA ESCUCHA DEL ESPÍRITU

Si eres persona mayor, entrada en años y con múltiples experiencias, positivas y negativas; si vives un tanto alejado de Dios, vuelve a leer ese texto de Claret y ábrete al Espíritu del Señor que aspira donde quiere, cuando quiere y a quien quiere. ¿No deseas tú ahora mismo ser esa persona favorecida por el soplo del Espíritu, que desea realizar su obra santificadora en lo más íntimo de nuestros corazones?

Convierte en oración tu deseo más profundo haciendo tuya esta oración inspirada en la liturgia:

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido. Que mi espíritu se una al tuyo, y Tú, Espíritu consolador, me ayudes a conocer la voluntad del Padre y a cumplirla con la mayor fidelidad y entrega; y concédeme para ello las gracias que necesito para vivir en gracia y en alegría hasta el premio de la visión perfecta en la gloria del cielo.

Seguro que, si rezas con frecuencia esta plegaria, sentirás en lo más íntimo de tu alma el deseo de conocer y amar cada vez más a Dios y las cosas de Dios, y se te dará la gracia y la fuerza para cumplir con ánimo alegre y generosa prontitud su santa voluntad, de la que depende tu salvación y santificación en el presente y en el futuro.

San Pablo enseñaba a los cristianos a tener esa nueva mentalidad: “transformaros por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, o perfecto” (Rm 12,2).

Toma conciencia de que, en el cumplimiento fiel de lo que a Dios le agrada, encontrarás el gozo y la paz que necesitas en cada momento de tu vida; y tu fe, confianza y amor irán creciendo, hasta convertirte en un santo bendecido y santificado por la gracia de Dios, esa gracia derramada por Él en tu corazón como lluvia mansa de alegría y de paz.