“Una comunidad, una religión, si no tiene espíritu no se aguanta. El que no tiene el espíritu de Cristo no puede ser de Cristo (Rm 8,9). El espíritu se pierde por la inobservancia de cosas pequeñas al parecer, pero que son de grande trascendencia. Dios ama mucho la fidelidad del hombre en cosas pequeñas”.  (Notas sobre el Concilio Vaticano I, en AEC, pp 578-579).

DE LA CONVIVENCIA A LA FRATERNIDAD

Hay diferencia entre el vivir juntos y el vivir en comunidad. Es la diferencia que corre entre una proximidad de cosas materialmente yuxtapuestas y la de personas que se sienten convocadas y sostenidas por un vínculo, un proyecto común. Las personas humanas, todas, tenemos necesidad de vínculos. Nos sentimos realizados en la pertenencia a una comunidad. Es nuestra vocación de humanidad, cualquiera sea nuestro camino o estado de vida. Y -añadamos- allí se juega nuestra felicidad.

Cuando Claret habla aquí de espíritu se está refiriendo al vínculo que surge de nuestra condición de cristianos. Es un vínculo de fraternidad, porque nos sabemos todos hijos amados de Dios, gracias a la obra de Jesús. Quiere decir que son muchas las cosas que podemos compartir, muchas las experiencias que estamos llamados a vivir juntos y que redundan en nuestro crecimiento y nuestra felicidad.

Nadie ignora que el crecer y el ser felices resulta de vivencias cotidianas. Son las cosas pequeñas de que habla Claret las que más cuentan en esto. Mucho más que el ser dueños de una gran inteligencia, de una profesión prestigiosa, de una buena posición económica. Lo que más nos plenifica y nos hace crecer en Cristo son los pequeños gestos cotidianos de atención a quien está a nuestro lado: el cultivo del diálogo, el compartir las tareas, el salir al encuentro de sus necesidades y dolores, el conceder espacio al corazón, al mutuo afecto… Traduciendo el sentido conventual de la palabra “inobservancia”, entendemos que ella censura el descuido de estos elementos que consolidan en lo cotidiano los vínculos de una convivencia de sabor evangélico. Porque somos sus hijos, Dios ama  a quienes son fieles en construir a diario esta fraternidad.

Tal vez necesitamos concienciarnos de los vínculos que tejen nuestros contactos y preguntarnos si personalizamos esa relación con nuestro prójimo: si cuenta el respeto al otro, el apreciarlo por sus valores, por su dignidad de imagen de Dios. ¿Aflora en  nuestro vivir cotidiano, en nuestras pequeñas cosas, la fraternidad evangélica?