“La perfección cristiana consiste, además de en amar a Dios y al prójimo por amor suyo, en hacer y practicar todo lo que Cristo prescribió, desprendiéndose de todas las cosas y afectos terrenos. Dios es caridad, y el que permanece en la caridad, en Dios permanece y Dios en él… La caridad es el vínculo de la perfección” 

(L’egoismo vinto. Roma 1869, p. 57. Retrotraducido en EE p. 415).

A LA SANTIDAD POR EL AMOR

“Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”(Lc 6,36). El evangelista Lucas nos transmite estas palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos y a todos los que le escuchaban. Más tarde, en el marco de la ultima cena, al despedirse de los suyos, les abrió su corazón y les confió el mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Y, a través del gesto de lavarles los pies (cf. Jn 13, 1ss), quiso indicar en qué podría traducirse la ley del amor que debía gobernar sus vidas a partir de aquel momento.

La perfección cristiana consiste en amar a Dios y al prójimo, y en dejarse guiar por ese amor. Un excelente comentario a este texto del librito “El egoísmo vencido” nos lo frece el mismo P. Claret  en su Autobiografía. Allí nos habla de su deseo irresistible de que Dios fuera conocido, amado y servido. “¡Oh Dios mío y Padre mío!, haced que os conozca y que os haga conocer; que os ame y os haga amar; que os sirva y os haga servir; que os alabe y os haga alabar de todas las criaturas” (Aut 233). Y a ese deseo añade la pasión que siente por el hombre y por su felicidad: “¡Oh prójimo mío!, yo te amo, yo te quiero por mil razones. Te amo porque Dios quiere que te ame… Te amo porque Dios te ama. Te amo porque eres criado por Dios a su imagen y para el cielo. Te amo porque eres redimido por la sangre de Jesucristo.  Te amo por lo mucho que Jesucristo ha hecho y sufrido por ti, y, en prueba del amor que te tengo, haré y sufriré por ti todas las penas y trabajos, hasta la muerte si es menester…” (Aut 448). Tal día como hoy, en el año 1950, Claret era proclamado santo, era canonizado; así se dejaba constancia de que estos deseos y afectos que de él recordamos no fueron sentimientos estériles sino la energía profunda que rigió su vida.

Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios. Quien se deja guiar por el amor nunca se pierde. Ésta es la gran enseñanza de Jesús. Éste es el camino que colma los deseos más profundos del corazón humano.