“Muchos de los primeros cristianos renunciaban a las cosas de este mundo para seguir mejor a Jesucristo. Y no se puede entrar en el cielo sin ser y haber sido pobre, a lo menos de espíritu” (Religiosas en sus casas o las Hijas del Santísimo é Inmaculado Corazón de María. Barcelona 1850, p. 122. Edición crítica, Madrid 1990, p. 173s).

DESPRENDIMIENTO

Renunciar significa optar por algo o por alguien más importante que lo que se deja. Si renunciamos a un trabajo en el que estamos es porque hemos encontrado otro puesto mejor remunerado o de mejores condiciones. En una familia, unos padres renuncian a su descanso y a muchas de sus comodidades por atender a sus hijos a quienes aman. Toda opción importante supone una renuncia. Y ser discípulo de Jesús implica también renunciar. No se trata de hacerlo a fuerza de “puños”. La renuncia sin más se queda coja, no es posible.

La parábola del tesoro escondido explica muy bien qué es renunciar para un cristiano: “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo” (Mt13, 44).

Porque sólo desde la alegría se puede vender todo y renunciar a lo demás para comprar el campo que contiene el tesoro. Al optar por Jesús, lo que recibimos es infinitamente mayor que lo que dejamos. Y cuando el gozo y la alegría nos desbordan, ¿no es cierto que lo contagiamos a los que nos rodean?

¿No has conocido a personas que, siendo muy pobres económicamente, sin embargo irradian felicidad? Quizá sea un buen momento para agradecer y pensar en el don que supone para cada uno haber encontrado a Jesús.

¿Qué ha supuesto para mi vida seguir a Jesús? ¿Vivo  con un corazón agradecido, como alguien que ha encontrado el mejor tesoro?