“Yo me digo a mí mismo: Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor…”(Aut 494).

AMOR QUE IRRADIA Y SE HACE ENTREGA

Difícilmente alcanzaremos las metas propuestas si no nos entusiasma aquello hacia lo que caminamos. El verdadero entusiasmo no desaparece ante las dificultades, más bien madura y se fortalece. Un entusiasmo de estas características nace del interior de la persona y se expresa de formas diversas a través de sus actitudes y acciones. De esta índole es el entusiasmo que hunde sus raíces en la experiencia del amor de Dios. Se convierte en fuego dentro del corazón de la persona y la hace capaz de irradiar el calor que lleva dentro y romper el hielo de la indiferencia o de la exclusión que atenaza a muchos en la sociedad de hoy.

Quien se ha sentido profundamente amado no tiene miedo de dejar que sea el amor el que determine la agenda de su vida. La experiencia del amor de Dios está a la base de todo el compromiso cristiano. De lo contrario, no sería más que una estrategia para aumentar las bases de poder de una Institución, aunque ésta fuera la Iglesia. Por ello, “desea” y “procura”; nunca impone. El verdadero amor es aquel que deja la libertad al otro de acogerlo o no, es aquel amor que encuentra sentido en “dar” y en “darse” porque así lo ha aprendido de Aquel que ama siempre incondicional y gratuitamente.

En torno al fuego del amor se reúnen la familia y los amigos en busca de ese calor que prepara para vivir con sentido cada una de las etapas de la vida. Dios es amor. Por ello, su presencia crea siempre espacios de libertad y capacita para amar. El que “arde en caridad” no tiene miedo a amar; es más, se siente llamado a compartir ese amor que le ha sido ofrecido gratuitamente.