«El asesino fue cogido en el acto y fue llevado a la cárcel. Se le formó causa y el juez dio la sentencia de muerte, no obstante que yo, en las declaraciones que me había tomado, dije que le perdonaba, como cristiano, como sacerdote y como arzobispo»

(Aut 583).

PERDÓN GENEROSO

El autor del atentado que sufrió el arzobispo Claret en Holguín fue condenado a muerte. Pero es interesante conocer los detalles precedentes y los que siguieron a este hecho. Resulta que había sido el mismo Claret quien había intercedido por él un año antes –sin conocerle, pero por ruego de sus familiares– para que le libraran de la cárcel en donde se encontraba. Una vez libre, el facineroso tramó el atentado contra el arzobispo y lo llevó a cabo. Después del atentado, condenado a muerte, alcanzó también el indulto de la pena de muerte gracias a la intervención de Claret y fue enviado al presidio de Ceuta (al norte de África), para cumplir una condena de diez años.

El arzobispo Claret otorgó su perdón sin condiciones a quien había querido matarle, como perdonó Jesús a quienes lo crucificaron. Claret, identificado con Jesucristo, concedía su perdón sin restricciones a este hombre que atentó contra su vida, y a tantas otras personas que lo odiaban y lo calumniaban sin otra razón que la de ser un hombre de Dios entregado sin tregua a la causa del Evangelio.

Todos hemos experimentado el dolor de alguna herida: una ingratitud, un insulto, un olvido, una calumnia, una infamia… Son los dolores del alma con los que hemos de aprender a convivir: no para que sean una herida abierta, sino una herida superada por la generosidad del perdón.

¿Nosotros estamos dispuestos a perdonar de corazón, aunque duela?