«Cuando teníamos que corregir a alguno, a mí me daba mucha pena y, sin embargo, lo hacía, pero antes observaba si había en aquella labor alguna cosa que estuviese bien, y por allí empezaba haciendo el elogio de aquello, diciendo que aquello estaba muy bien sólo que tenía este y este defecto, que, corregidos aquellos defectillos, sería una labor perfecta» (Aut33).

CORREGIR CON DULZURA

Nos comunicamos normalmente a través de las palabras, con las que expresamos lo que llevamos dentro. Cada palabra tiene un efecto en el oyente. Las palabras de Jesús daban vida y salud (cf. Mt 8,9). A la inversa, según la carta de Santiago, hay lenguaje de efectos dañinos; hay lenguas que matan (cf. St 3,8). Jesús habló de la corrección con la que se puede «salvar al hermano» (cf. Mt 18,15). Y a Él le confesó Pedro que en sus palabras encontraba vida eterna (cf. Jn 6,68).

Claret, ya desde adolescente, percibió la necesidad de corregir con dulzura. En el taller de sus padres aprendió «cuánto conviene el tratar a todos con afabilidad y agrado, aun a los más rudos, y cómo es verdad que más buen partido se saca del andar con dulzura que con aspereza y enfado» (Aut 34). Esta sería una constante en su ministerio.

A menudo tenemos experiencias de perder la paciencia y los nervios nos llevan a excesos verbales. Vemos con facilidad la paja en el ojo ajeno, y no vemos la viga en el nuestro. ¡Qué distinta es la corrección «fraterna», la que va acompañada de cariño, humildad y delicadeza para que la sensibilidad del hermano no quede herida!

¿Pierdo con facilidad la paciencia? ¿Practico la corrección con dulzura?