«Desde muy pequeño me sentí inclinado a la piedad y a la Religión» (Aut 36).

IMPORTANCIA DE LAS PRIMERAS EXPERIENCIAS

Hay términos que han caído un poco en desuso entre nosotros. Prácticamente nadie los pronuncia ya. Nuestra mentalidad, pretendidamente más culta, racionalista, técnica y tal vez un tanto fría… no sabe cómo reaccionar ante algunas palabras. Por ejemplo, ante la palabra «piedad». La piedad tiene que ver con el afecto, la emoción, el sentimiento. Sería como aquella inclinación afectiva –con sentimiento– hacia una determinada realidad, especialmente hacia Dios. Seguramente, al menos en algún contexto y sentido, es sinónimo de devoción, es decir, de amor, reverencia y respeto.

La palabra «Abbá» («Padre»), en labios de Jesús de Nazaret, evoca el sentimiento filial, cariñoso y confiado que nos sugiere en nuestras lenguas la expresión «papá». Palabra evocadora de sentimientos de confianza, de amor filial, de gratitud, de respeto y devoción. Y a eso lo llamamos con acierto «piedad».

A partir de esa clave podemos entender la frase de Claret: «Desde muy pequeño me sentí inclinado a la piedad y a la Religión». Nada extraño si se repara en el hecho de que el acercamiento de Claret a los rudimentos de la vida cristiana, desde niño, fue desde la clave del amor, al fin y al cabo tal como Dios se nos ha revelado.

La última revelación de Dios nos viene del discípulo amado y de su comunidad: «Dios es amor». En la escuela del amor –nutrido desde los primeros años en el seno de la familia– aprendió el niño Claret a acercarse al universo religioso con actitud positiva, generadora de sentimientos altruistas, compasivos, solidarios…

¿Cuáles han sido las experiencias religiosas que te han marcado desde la infancia? ¿Has experimentado un amor entrañable, filial, a tu Padre Dios?