«¿Hasta cuándo han de ser más prudentes, celosos y activos los hijos de las tinieblas que los de la luz? Pues si los protestantes e impíos no se cansan de expender libros malos, hojas sueltas y toda especie de escritos perniciosos y estampas obscenas, ¿por qué no haremos otro tanto nosotros en el buen sentido?» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 46; editada en EC II, p. 604).

PALABRA VIVIENTE

En continuidad con lo que fue su propia vida, Claret invita a valerse de todos los medios de apostolado. Dios debe ser conocido, amado y servido. Para lograrlo, deben ponerse en acción todos los recursos imaginables. El apóstol ha de ser la persona sagaz y creativa que intuye en cada tiempo y lugar lo más necesario, oportuno y eficaz.

El mejor mensaje exige los mejores medios para su difusión, y cualificados emisores que, con esos medios, hagan transparente el núcleo del mensaje: Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Se dan por supuestos los medios tradicionales y obvios, a los que habría que añadir otros más sensibles a la mentalidad de hoy: el trabajo por la paz, la justicia, la promoción humana integral y la conservación e integridad de la creación.

Claret pone el acento en algo más. Insiste en la sagacidad apostólica de las publicaciones escritas, medio en el que él destacó muy especialmente. Lo utilizó con profusión, consciente de su eficacia. Pero Claret privilegia el testimonio de la propia vida. Aun con las limitaciones de la condición humana, el testimonio de la propia vida se orienta a reflejar la vida de Jesús. Y se concreta en la atención a las personas y en el ejercicio de la caridad para con los necesitados, como lo hizo el mismo Cristo.

¿Qué lugar ocupa en mis preocupaciones apostólicas mi propio testimonio?