«Un hombre honrado abrasado de celo y de fe viva, dice San Juan Crisóstomo, es capaz de corregir a un pueblo entero» (Plan de la Academia de San Miguel. Barcelona 1859, p. 12).

LA FUERZA DEL TESTIMONIO

Cada uno llevamos en nuestra memoria y en nuestro corazón algunas personas que nos han acercado a Dios con el testimonio de su vida. No son grandes héroes, ni famosos, pero su entusiasmo, su compromiso, su fe, su alegría nos ha conmovido y ha hecho que nos replanteáramos o que nos fortaleciéramos en nuestro seguimiento de Jesús.

Cuando en el Evangelio veo la vocación de los discípulos, entiendo la razón. Por ejemplo, Leví: «Al pasar, vio a Leví…y le dice: “Sígueme”… Él se levantó y lo siguió» (Mc 2, 14). Y el Evangelio no dice más; solo que lo siguió. Pero… ¡cómo debió de mirar Jesús! Sería una mirada llena de ternura y de compasión, una mirada sin reproches.

La mirada de Jesús te hace sentir aceptado, tal como eres, te ama sin condiciones… Ese amor incondicional de Jesús cambió radicalmente la vida de los discípulos y cambia también la nuestra. Él nos transforma y es capaz de corregir el rumbo de nuestra vida cambiando nuestros pobres valores en valores del Reino.

Dicha transformación nos convierte en testigos de Jesús y de los valores del Reino. Se trata de anunciar a Jesús con nuestras actitudes, ponernos en camino siguiendo las huellas de Jesús y haciendo fácil ese camino a los demás.

¿En qué momento me encuentro en mi seguimiento de Jesús? ¿De qué manera soy testimonio para otros?