«Un día fui a la mar vieja, que llaman, tras la Barceloneta, hallándome en la orilla del mar, se alborotó de repente, y una grande ola se me llevó, después de aquélla, otra. Me vi de improviso muy mar adentro, y me causaba admiración el ver que flotaba sobre las aguas sin saber nadar; y, después de haber invocado a María Santísima, me hallé en la orilla del mar, sin haber entrado en mi boca ni una gota de agua» (Aut71).

PROTECCIÓN DE MARÍA

Claret se sintió muy protegido por «María Santísima» (así dice él casi siempre) en todo su vivir y en varias situaciones de peligro. Enumera muchas gracias obtenidas de María. Se sentía amado por la Virgen y él la amó desde niño con intensidad.

Son muchas las devociones marianas que practicó Claret, las oraciones marianas que escribió y los grupos marianos que fundó.

Claret contemplaba a María como la Mujer del Apocalipsis en lucha contra el mal; y plasmó esa lucha en el icono del «Inmaculado Corazón de María». Celebró con alborozo la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción y pidió a Pío IX que promulgase también el de la Asunción (lo haría Pío XII en 1950). Pero sobre todo María era para Claret, además de su madre, «la mejor imitadora de Jesús». Esa era la figura de María que emergía de su lectura del Evangelio.

Debemos «liberar» a María en nuestra Iglesia del olvido de muchos cristianos, y también del endiosamiento exagerado de otros muchos. Para eso, revisemos cada uno de nosotros el lugar que ocupa María en nuestra vida cristiana y preguntémonos:

¿Acaso no es «María del Evangelio» el mejor modelo de oyentes y servidores fieles de la Palabra de Dios para todos los discípulos y discípulas de Jesús?