«No hay cosa que tanto encienda la caridad y la conserve como el saber cada uno que el otro siente y habla bien de él. Séneca, tan convencido estaba de esta verdad, que decía: “Si quieres ser amado, ama”. Y, a la verdad, no hay medio más eficaz para hacerse amar que amar antes, porque el amor no se puede pagar sino con otro amor» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 14; editada en EC II, p. 586).

AMOR INCONDICIONAL

De la persona a quien se quiere de verdad no se habla mal, porque no se quiere manchar su fama. El amor no implica ceguera; pero, aun cuando el que ama no pueda dejar de reconocer la verdad de las personas a las que ama, sabe excusar sus defectos, buscando las razones que pudieran servir de “explicación”.

Todos somos sensibles al reconocimiento, a la alabanza. Estas nos predisponen hacia quien habla bien de nosotros. Pero lo que realmente mueve el corazón de los hombres es el amor, traducido en obras y cercanía en los momentos difíciles.

Dios no se ha querido dar a conocer al hombre por medio de manifestaciones de grandeza ni ha hecho promesas vagas de salvación. Nos ha dado la vida, los bienes de la tierra; nos concede su gracia, nos abre a la esperanza de la salvación plena. Se ha manifestado de muchos modos a lo largo de la historia. Se ha hecho hombre, solidario con nosotros, para abrirnos la puerta del Reino de los Cielos. Ha dado su vida muriendo por nosotros en la cruz, que es el mayor gesto de amor posible (cf. Jn 15,12).

¡Él ha hecho tanto por nosotros, sin que nosotros hayamos hecho nada que lo mereciera! Es justa la pregunta: ¿Qué hago yo por ti, Señor, que me has amado hasta morir en la cruz? ¿Cómo es mi amor a mis hermanos?