«¡Ay de mí, si no tuviese contradicción en el desempeño del sagrado ministerio! Yo mismo me tendría por sospechoso: estoy tan lejos de tener pena por esto [calumnias y persecuciones], que aun en ello me glorío a imitación del Apóstol» (Carta a D. Antonio Palau, 13 de agosto de 1846, EC, I, 159).

IMPERTÉRRITO ANTE LA CRUZ

Siempre causa impacto la vida de quienes han sabido vivir para los demás. Todos recordaremos nombres de personas cuya vida ha estado marcada por esa entrega a los más necesitados y a las causas de la justicia y de la fraternidad, que las ha llenado de sentido y las ha hecho luminosas e inspiradoras para muchos. Una vida así comporta sacrificios y privaciones. Pero se asumen con gozo porque se es consciente de que son portadores de vida. A veces se trata de experiencias muy cercanas, quizás en el seno de la propia familia; otras veces se trata de personas que han alcanzado una resonancia más universal precisamente por ese modo de vivir que siembra inquietudes y admiración.

De todos modos, los sacrificios, las privaciones, y más todavía las calumnias y los tormentos, producen temor en la mayoría de nosotros. Para «abrazarlos» hay que estar muy convencidos de que vale la pena hacerlo en función de un ideal mucho mayor, de algo que les puede dar sentido. La vida cristiana se ha descrito muchas veces como un combate. Le gustaba hacerlo a san Pablo, como podemos comprobar en sus cartas (cf. 1Cor 9,24ss; Flp 3,13-14, etc.). Quien plantea su vida desde la clave del amor y la verdad, quien siente en lo más profundo de su corazón una verdadera pasión por el bien de sus hermanos, sabe afrontar las dificultades con serenidad. El dolor se siente, pero se sabe que se trata de un «dolor redentor», como el de Jesús.

¿Cómo afrontas tú las adversidades que la vida te va deparando? ¿Excitan tu fortaleza o te hunden en la depresión? Al experimentarlas, ¿sientes el gozo profundo de saberte «más» seguidor de Jesús?