«El amor de Dios y del prójimo produce un efecto muy semejante al del fuego. El fuego de la pólvora hace saltar por los aires cualquier objeto que lo comprima, impele hacia arriba las balas y las bombas; el fuego del vapor hace correr a toda velocidad los vagones de los trenes y empuja los buques que surcan las olas del mar; así, el fuego del Espíritu Santo hizo que los santos apóstoles recorrieran el universo entero» (L’ egoismo vinto. Roma 1869, p. 60. Retrotraducido en EE p. 416-417).

EL FUEGO DEL ESPÍRITU IMPELE A LA MISIÓN

Estamos en la época de la revolución industrial; la fuerza y la velocidad se han convertido en una obsesión. Cuando Claret escribe sus artículos periodísticos sobre el amor de Dios los titula El ferrocarril. En un momento del diálogo entre D. Juan y D. Prudencio, comenta este último:

«Todos los hombres estamos llamados a emprender y seguir el camino de la Jerusalén de la gloria. El mismo Dios nos lo ha trazado, y ese camino no es otro que el amor. Como los caminos de hierro, tiene este dos líneas que son: amar a Dios y amar al prójimo. La locomotora es la caridad, que anda con celeridad mayor o menor en razón directa de sus grados de calor, o sea, de amor. Cada uno de los coches en que andan las gentes, lleva el mismo nombre, que es la voluntad de Dios. […] Si estas […] ruedas […] andan por las dos líneas marcadas, los viajeros andarán mucho camino y llegarán felizmente a la ciudad de la Gloria».

La cita es algo larga; lo importante es que expresa con fidelidad cómo el amor a Dios y al prójimo es, para todos, la única vía con doble línea. O dicho de otra forma: llegar al Padre a través de la entrega a los hermanos.