«Me ofrecía mil veces a su santo servicio, deseaba ser sacerdote para consagrarme día y noche a su ministerio, y me acuerdo que me le decía: Humanamente no veo esperanza ninguna, pero Vos sois tan poderoso, que, si queréis, lo arreglaréis todo. Y me acuerdo que con toda confianza me dejé en sus divinas manos, esperando que él dispondría lo que se había de hacer, como en efecto así fue…» (Aut40).

LA GENEROSIDAD NO CONOCE EDADES

A lo largo de la vida vamos albergando grandes ilusiones y hermosos sueños, que no siempre se han realizado. El niño Antonio Claret soñaba con una gran entrega y vio en el sacerdocio el medio de realizarla; fue ordenado tal día como hoy, pero de 1835.

Soñamos e imaginamos sin límite ni medida. No soñamos solo cuando estamos dormidos. También lo hacemos cuando estamos despiertos. Y algunos de esos sueños e ilusiones se van cumpliendo, en mayor o menor medida, mientras dura la vida. Otros, seguramente, han quedado como utopías irrealizables, tal vez como desproporcionados para nuestras débiles fuerzas.

Pero todos esos sueños e ilusiones, los que se han cumplido y los que no, han movido nuestros corazones, han elevado nuestra mirada por encima del ras del suelo. Nos han espoleado a caminar, con los pies puestos en el presente, pero con la atención puesta hacia un horizonte. Las ilusiones y los sueños han dado alas de esperanza a nuestro corazón. Y quizá ha cabido alguna vez, entre otras muchas preguntas, aquella importante pregunta: ¿Señor, qué quieres que haga? ¿Dónde vives, Señor? Y tal vez también, aunque parecía un desatino y era una locura, te dejaste llevar hacia donde aquella voz te llamaba… ¡Ven y verás!