«Al que comulga bien le sucede lo que a la barra de hierro que se mete en la fragua, donde se convierte en fuego; sí, asimismo queda endiosada el alma que comulga bien; el fuego al hierro le quita la escoria, la frialdad natural, la dureza, y le pone tan blando que lo llega a derretir y se amolda al gusto del artífice. Otro tanto hace el fuego del amor divino en la fragua de la comu­nión al alma que comulga bien y con frecuencia» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 30; editada en EC II, p. 595).

LA FRAGUA DE LA COMUNIÓN

La barra de hierro, metida en las llamas de la fragua, se somete a un proceso de calentamiento que produce un doble cambio: en primer lugar, se enciende en fuego; y en segundo lugar, se hace maleable, se deja moldear. Lo que sucede en quien comulga es algo similar: el cuerpo de Cristo tiene una eficacia transformante, divinizadora. El comulgante se convierte en el fuego que es Jesús, en llama viva; quien recibe la Eucaristía con frecuencia y bien dispuesto de algún modo se convierte en un ser divino.

Sería formidable que el creyente mediocre comprendiese la indecible riqueza que tiene a su disposición y se acercara apasionado a comulgar.

Claret vivió la Eucaristía tan intensamente que le llevó a ser «sagrario viviente» del sacramento. Sus sentimientos al respecto pueden percibirse en textos como el que sigue; léelo y percibe su calado: «Después de la misa estoy media hora en que me hallo todo aniquilado. No quiero cosa que no sea su Santísima voluntad. Vivo con la vida de Jesucristo. Él, poseyéndome, posee una nada, y yo lo poseo todo en él. Yo le digo: ¡Oh Señor, Vos sois amor! Vos sois mi honra, mi esperanza y mi refugio. Vos sois mi gloria, y mi fin» (Aut 754). Ojalá la admiración nos lleve a la emulación.