«Pero yo os digo, con el apóstol San Pablo, que ninguna de estas cosas temo, ni aprecio más mi vida que mi alma, siempre que de esta suerte concluya felizmente mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido de Dios N. S. para predicar el Santo Evangelio» (Aut 201).

LO ÚNICO QUE CUENTA

Cada persona humana en alguna ocasión se pregunta para qué vive, qué es lo que verdaderamente merece la pena, qué es lo que más debe cuidar, qué es aquello que no debe malograr por nada de este mundo, porque de ello depende la propia felicidad. Claret se lo planteó cuando era joven en Barcelona y contaba ya con un futuro prometedor. Una frase del Evangelio le hirió: «¿De qué le sirve a uno ganarlo todo si pierde su alma?» (Mc 8,36). Y, en su madurez, repite con claridad que lo que más aprecia de todo es su alma. Lo único que busca es ocupar bien su vida.

Claret distingue entre «vida» y «alma». La primera –«vida»– puede entenderse como el discurrir del tiempo, limitado a una serie de años. El «alma» va referida al ser personal al completo, entendido desde lo más profundo, desde el «yo» que siempre permanece, marcado por una vocación de eternidad. Hoy le llamamos «corazón», o centro personal, o identidad. Le llamemos como le llamemos es, obviamente, más decisivo que lo primero.

Tal distinción le ayuda a no confundir lo valioso con lo efímero y relativo. Lo relativo siempre es importante y no debe ser despreciado; pero no es lo primero. Sin establecer esta distinción, es imposible elaborar una escala de valores acertada.

Para Claret lo más valioso es cumplir la misión recibida de Dios. ¿Qué es lo más valioso para ti? ¿Habrá acaso otras cosas por encima de Dios?