«A los que se acercan a la sagrada Comunión les dice Jesús: Tomad, bebed y comed; este es mi cuerpo, destrozado por vosotros: Tomad y bebed; esta es mi sangre, derramada por vosotros. Tomad y comed, y aprended de mí a anonadaros por la gloria de Dios y por el amor de vuestros hermanos, como yo me he anonadado. Tomad y comed, y aprended de mí, que fui obediente hasta la muerte, y más allá de la muerte de cruz, pues cada día obedezco con la mayor prontitud y alegría a las palabras de la consagración, y obedeceré hasta la consumación de los siglos. Tomad y bebed, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»

(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 30s; editada en EC II, p. 595).

LA COMUNIÓN, FUERZA PARA LA ENTREGA

La tarea del laico de impregnar de los valores del Reino la realidad secular requiere una buena dosis de equilibrio. Asalta fácilmente una disyuntiva: quedarse más por las cosas de Dios, evadiéndose de los asuntos del mundo secular, o implicarse de tal modo en las tareas seculares que uno se enfangue en ellas hasta considerarlas como la única razón de su vivir, erigiéndolas así en el único dios al que dar culto.

La comunión debe ser impulso y ayuda para la tarea apostólica. La comunión no me encierra a solas con Jesús, gozando las mieles de la intimidad con Él. El pan partido y la sangre derramada es lo más contrario a una espiritualidad centrada exclusivamente en la unión con Dios solo. Jesús invita a «comerle» y a «beberle», sobre todo, con la actitud de generosidad y entrega a los demás.

¿Es mi comunión la incontenible fuerza que me lanza al servicio del prójimo con la energía de un amor cada vez más generoso?