«Cuando se desprecia a Jesucristo y a su doctrina, se desprecia la vida en el orden de la inteligencia moral y social. El principio de la vida intelectual para un pueblo consiste en tener creencias, y la primera condición para tener creencias es tener un símbolo, y un símbolo no se tiene sin Jesucristo»

(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 47; editada en EC II, p. 605).

JESUCRISTO, AYER, HOY Y SIEMPRE

Más que como una doctrina o una serie de normas, el cristianismo nace como un nuevo camino (cf. Hch 9,2; 22,4), un nuevo género de vida que tiene a Jesucristo como norma suprema. Toda vida cristiana debe ser entendida únicamente desde Cristo y en Cristo, hasta poder decir, con verdad, como Pablo: «Mi vida es Cristo» (Flp 1,21). Para Pablo Cristo fue la única elocuencia, sabiduría y conocimiento, que desbarató cualquier sabiduría humana (cf. 1Cor 1,19), y que dio sentido a su vida. Así fue también para Claret.

Sostenido por su fe, el apóstol laico está llamado a trabajar por mejorar la familia, la economía, las artes y las profesiones, la política, las relaciones entre los pueblos… cuyo protagonista es siempre el hombre. Su misión es perfeccionar al hombre, humanizarlo y ordenarlo a su fin, guiado por el mensaje de Jesús, hasta lograr una renovación de actividades, ambientes, criterios, intereses y formas de pensar.

La Iglesia ha mostrado una sintonía especial con los buscadores de la verdad. La Iglesia camina con ellos hacia el hombre integral, cuyo ideal es Cristo, el hombre perfecto. ¿Mi presencia en medio de la sociedad sirve de reclamo para tomar en serio la condición humana, según el diseño de Cristo, el hombre perfecto?