«En estos últimos tiempos parece que Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas» (Las bibliotecas populares y parroquiales. Madrid 1864, p. 18).

SEGLAR Y APÓSTOL

Descubrir la vocación cristiana a la que hemos sido llamados y vivirla con todas las consecuencias es lo que nos va realizando como personas, lo que nos hace crecer y ser felices. Como sabemos, a partir del concilio Vaticano II se despertó en la Iglesia una creciente sensibilidad hacia los laicos. Fue como un reconocimiento de esta verdad tan elemental: que todos somos Pueblo de Dios, llamados a la construcción del reino de Dios. Pero cada cual según sus dones y carisma. Como dice san Pablo: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de servicios, pero el Señor es el mismo» (1Cor 12,4-11).

Las tareas de los laicos dependen de su vocación, que ha de ser bien discernida, atendiendo a las necesidades y cualidades de cada uno. Hoy día hay un buen número de laicos que viven su fidelidad a Cristo y su pertenencia a la Iglesia con entusiasmo y de una forma verdaderamente renovada. Su anuncio del Evangelio se realiza, sobre todo, a través del testimonio de su vida, de sus deberes y responsabilidades en medio de la sociedad: con sus vecinos, con sus compañeros de clase, en sus trabajos etc. Es misión de los seglares transformar –en la medida de sus fuerzas– y sanear las estructuras y los ambientes del mundo.

Aún queda mucho por hacer, pero cuanto más profundicemos en la vocación a la que hemos sido llamados, más frutos daremos en la construcción del reino, en comunión con otras vocaciones, en misión compartida.

¿Cómo percibo mi vocación dentro de la Iglesia?