«¡Oh Dios mío! ¡Cuán bueno y admirable habéis sido para mí!… ¡De qué medios tan extraños os valisteis para arrancarme del mundo! ¡De qué acíbar tan particular usasteis para destetarme de la Babilonia!» (Aut 76).

LOS CAMINOS DE DIOS

En la espiritualidad católica del siglo xix se acentuaba mucho la confianza en la providencia de Dios, pero aún se estaba lejos de entender y vivir una «sana secularidad», tal como se entiende en la Iglesia de estos últimos decenios.

Claret vivió aquella espiritualidad, como hombre de su tiempo, y en todas las etapas de su vida se esforzó en mantener viva la presencia de Dios y en cumplir su voluntad. Claret contaba con Dios para todo, y le agradecía sus dones y también las persecuciones y calumnias que tuvo que sufrir.

En todo eso hay un «mensaje oportuno» para nuestros días, porque los progresos de las ciencias y de la tecnología, la autonomía de las llamadas “causas segundas” y el lógico proceso de laicidad de la vida, así como el sistema neoliberal consumista vigente, nos han llevado a no contar apenas con Dios para nada.

Pero no tenemos que volver a la espiritualidad del siglo xix. En nuestro siglo xxi, el referente de toda espiritualidad cristiana es Jesús con su Evangelio de vida digna y justa, filial y fraterna para todos. Una espiritualidad de superación de las injusticias, que «no son voluntad de Dios», sino consecuencia del egoísmo humano.

Dios se humanizó en Jesús para crear un mundo de mejores relaciones entre las personas, entre los pueblos y con la misma naturaleza. Y para crear ese mundo, el Dios de Jesús cuenta con nosotros. Es responsabilidad nuestra.

¿Contamos nosotros con Dios? ¿Conocemos y asumimos su proyecto de vida?