«Para conservar y aumentar este amor o caridad habéis de mirar en cada uno de nuestros prójimos al mismo Jesucristo, por manera que, cuando se nos ofrezca algo que hacer, nos hemos de recordar de aquellas palabras que nos dirá Jesucristo: De verdad os digo que lo que hicisteis con el menor de vuestros hermanos, conmigo lo hicisteis» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 15; editada en EC II, p. 586).

AL HERMANO COMO A CRISTO

Sabemos que a quien es célebre, rico o poderoso le salen amigos por todas partes. «Mueve la cola el can no por ti sino por el pan», dice el adagio. La persona inteligente no se dejará llevar de la lisonjera adulación de los oportunistas que se declaran sus amigos mientras tiene algo que dar, pero que la abandonarán en cuanto algo falle o no responda a sus expectativas.

¿Es posible el amor al prójimo por Jesús? Según la enseñanza de Benedicto XVI, este amor «consiste en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto solo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios […] Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya solo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo».

Jesús nos hace partícipes del amor con que Él ama al Padre y el amor con que nos ama a nosotros. Por eso amar a Jesús lleva a amar al prójimo como Él lo ama; de modo que, cuando amamos así, en realidad amamos a Jesús (cf. Mt 25,40).

¿Amas en fuerza de tus sentimientos o de tus intereses, o movido por el mismo amor de Jesús que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo?