«No piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas»

(Aut 494).

SEGUIMIENTO RADICAL DE CRISTO

Con estas palabras concluye un bello párrafo de la Autobiografía de Claret en el que describe lo que él piensa debería ser la identidad del misionero. Es una descripción de lo que él mismo buscó y vivió.

La vida de Claret tuvo un centro integrador y dinamizador: Cristo. Dejó que Cristo moldeara toda su existencia en las distintas etapas de su vida. Primero fue la experiencia del Jesús-amigo de sus años de niñez y adolescencia. Siendo ya joven, el encuentro con Jesús imprimió un nuevo rumbo a su vida a partir de aquel «de qué sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo» que oyó en una iglesia de Barcelona.

Más tarde, ya misionero, quiso imitarle en todo. En Cuba, como arzobispo, sintonizó de un modo especial con la profunda compasión de Jesús y le impulsó a crear diversos proyectos en favor de los excluidos.

En Madrid, durante los últimos diez años de su vida, pasó muchas horas contemplando a Jesús perseguido, aprendiendo de Él a ser manso y humilde de corazón, a perdonar y a ofrecer al Padre el dolor que le causaban las calumnias y persecuciones. Experimentó él mismo la cruz de la persecución y del exilio. Jesús fue ciertamente su punto de referencia absoluto, el centro integrador y dinamizador de su vida.

Seguir a Jesús es un gran programa de vida. No puede ser otro el camino del cristiano. Nunca podremos apartar nuestra mirada de Jesús.