«Quien tiene celo, desea y procura por todos los medios posibles que Dios sea cada vez más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra, puesto que este sagrado amor no tiene ningún límite. Lo mismo practica con su prójimo, deseando y procurando que todos estén contentos en este mundo y sean felices en el otro; que todos se salven, que ninguno se pierda eternamente, que nadie ofenda a Dios y, finalmente, que ninguno se encuentre ni siquiera un momento en pecado» (L’egoismo vinto. Roma 1869, p. 61. Retrotraducido en EE p. 417).

GLORIA DE DIOS Y VIDA DEL HERMANO

La palabra más apropiada para resumir el sueño de Claret es su «celo», que equivale a estar «ardiendo» o en ebullición. Es estar fervientemente activo, dispuesto siempre a llevar a término un trabajo, un objetivo, algo que cautiva. En el caso de Claret ese objetivo es «la gloria de Dios y la salvación de las almas».

Impresiona leer en la Autobiografía de Claret las frases en que se duele del trato que algunos dan a Dios, su Padre: «¿Si vierais a vuestro padre que le dan de palos y cuchilladas, no correríais a defenderle? ¿Y no sería un crimen el mirar con indiferencia a su padre en tal situación?» (Aut 204). Y entre los Propósitos de sus ejercicios espirituales de 1849 escribe: «…En este mundo (uno) ama a Dios si se complace en que Dios sea Dios y que sea amado y servido por todo el mundo y tiene pena de que sea ofendido y agraviado…» (cf. AEC, p. 658).

Sabemos cómo los apóstoles estaban encendidos en ese celo. Como Pablo, Claret se siente «embajador de Cristo» (2Cor 5,20), y sigue el consejo del apóstol: «Servid al Señor con celo incansable y fervor de espíritu» (Rom 12,11).

¿Hemos experimentado alguna vez esa clase de celo?