«Muchísimas gracias debo dar a Dios por haberme deparado tan buenos compañeros. Todos fueron de conducta intachable. Jamás me dieron un disgusto. Por el contrario, todos me sirvieron de grande consuelo y alivio. Desprendidos de todo lo terreno, su única mira era la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas. Todos estaban dispuestos para trabajar, y con gusto se ocupaban en lo que se les mandaba, ya fuese en las misiones, que era lo más común, ya en cuidar de alguna parroquia o vicaría foránea»

(Aut 606-607).

IDEAL CLARETIANO DE COMUNIDAD

Claret describe en su Autobiografía a las personas que lo acompañaron para la realización de su ministerio episcopal en la diócesis de Santiago de Cuba, diócesis «tan llena de malezas y espinas» (Aut 606). Tiene de ellas un recuerdo cariñoso y agradecido. Describe sus actividades apostólicas, da cuenta del horario casi conventual que llevaban cuando se encontraban en casa y relata el tipo de relación verdaderamente fraterno que reinaba entre todos. La gente de fuera se admiraba al contemplarlos. Claret daba todo el mérito a Dios: «El dedo de Dios está aquí».

Es posible distinguir entre un equipo de trabajo y una comunidad misionera. Lo que marca la distinción es el grado de lealtad mutua, de vivencia fraterna, de corresponsabilidad asumida con verdadero espíritu. Así se logra avanzar hacia la meta, los objetivos, el destino final. Cuando no se da ese espíritu, puede haber mucho trabajo pero no tendrá el sabor que da la entrega generosa en pos de una causa noble.

¿Qué experiencia tienes tú de la comunidad cristiana, de tu parroquia o de tu propia familia?