«¿Si vierais a vuestro padre que le dan de palos y cuchilladas, no correríais a defenderle? ¿Y no sería un crimen el mirar con indiferencia a su padre en tal situación? ¿No sería yo el mayor criminal del mundo si no procurara impedir los ultrajes que hacen los hombres a Dios, que es mi Padre? ¡Ay, Padre mío! Yo os defenderé, aunque me haya de costar la vida» (Aut204).

DIOS ES MI PADRE

Leí una vez esta frase: «Es relativamente fácil que un padre perdone a su hijo. Pero es muy difícil que un hijo llegue a perdonar a su propio padre». Son muchos los que no perdonan las experiencias decepcionantes respecto a la paternidad humana. Contrastan con esa reacción las palabras ardientes de Claret con las que declara su relación con su Padre Dios. Nacen innegablemente de un presupuesto distinto: Claret descubrió a Dios como padre bueno que le cuidó siempre. Tuvo la experiencia de la gratuidad. Por eso, le corresponde con la misma moneda, con amor apasionado de hijo. Y es un amor de tal grado que está dispuesto a jugarse la vida por Él en el caso de que tuviera que defenderlo.

¿A qué nos llaman estas palabras de Claret? A poner a Dios en primer lugar, sin duda. Pero, antes de ello, a purificar la imagen deformada de Él que tal vez hayamos compuesto en nuestro interior. Si confundimos a Dios con un jefe autoritario, exigente, castigador y controlador, o desconocido…, está claro que ese no es el Dios que descubrió Claret y al que entregó su vida. Si Dios no es lo más importante, no es absolutamente nada importante. Quienes desprecian a Dios es que no le conocen.

¿Qué relación mantienes tú con tu padre o con quien hace sus veces? ¿Y con Dios? ¿Te dice algo la experiencia de Claret?