«¡Oh Virgen y Madre de Dios!, yo me entrego por hijo vuestro […], y os suplico me alcancéis la gracia de no cometer jamás pecado alguno. Amén. Madre, aquí tenéis a vuestro hijo. En vos, Madre mía dulcísima, he puesto toda mi confianza; jamás quedaré confundido. Amén» (Camí dret y segur per arribar al cel. Vich 1843, p.7).

CONSAGRACIÓN A MARÍA

Fijemos nuestra atención en esta súplica deClaret a María: «Os suplico me alcancéis la gracia de no cometer jamás pecado alguno».

¿Qué significa para mí hoy el pecado? ¿Tiene alguna resonancia en mi vida y en mis relaciones o decisiones? ¿Y la gracia?

Muchos dicen que el hombre de hoy ha perdido el sentido de pecado y la fe en Dios. Si Dios no existe, ¡todo está permitido!, dirán otros. Pero, ¡qué poco se habla de la gracia! ¿Podremos sentir verdadero dolor por una mala acción cuya consecuencia negativa no percibimos? ¡Qué distinto suenan palabras como «perdón», «falta», «pena» cuando hay amor! El amor que Dios nos tiene es la gracia, su gracia, su fuerza, su brisa suave que nos permite respirar, su Espíritu.

María es «la llena de gracia». Ella experimentó en su propia carne lo que supone la sobreabundancia de Dios fecundando la propia vida. Y también Claret y muchos otros santos y santas. Por eso fueron capaces de grandes cosas. Por eso a ella se encomendaron y ofrecieron la vida entera, sin dejar nada del propio ser, sabiendo que mucho más pueden el amor y la gracia que el pecado y el mal del mundo.

¿Dedico más tiempo de mi oración a remorderme por mis faltas o a saborear la gracia y el amor que Dios me tiene? ¿Imploro la intercesión de María?