«Yo, muy contento, emprendí el viaje […] cuando he aquí que poco antes de llegar a Barcelona vino una turbonada tan desecha, que espantaba. Por lo mucho que había estudiado en aquel año tenía el pecho un tanto delicado. Y como para cobijarnos del grande chaparrón que caía echamos a correr, y así, por la fatiga del correr y el vaho que se levantaba de la tierra seca y caliente, me dio una sofocación muy grande, y pensé: ¡Ay! ¡Quizá Dios no quiere que vayas a la Cartuja![…] Lo cierto es que yo no tuve la resolución para ir allá y me fui a Vich» (Aut89).

BUSCANDO EL CAMINO DE DIOS

Así cerró Claret su primera etapa en el camino hacia su vocación de Misionero Apostólico. Tuvo que hacer virajes y rodeos. A los veinte años se sintió «Desengañado, fastidiado y aburrido del mundo, pensé dejarle y huirme a una soledad, meterme cartujo» (Aut 77). Alimentó el deseo de hacerse cartujo durante un año, estudiando en el seminario diocesano de Vic; y cuando se dirigía a la cartuja de Montealegre para ingresar, una repentina tempestad le hizo sentirse mal y dudar: «¿Y si Dios no quiere que vayas a la cartuja?». Se alarmó y volvió al seminario de Vic. Catorce años más tardó aún Claret en poner sus pies y su voz, ya libres de ataduras, al servicio de la vocación de Misionero Apostólico.

Al contarnos el comienzo de esa búsqueda, nos ofrece Claret luces para que cada uno ilumine su propio camino en la búsqueda de la propia vocación personal, al servicio del mundo y de la Iglesia. La vocación hay que buscarla para encontrarla y seguirla. En esa búsqueda no debemos sentirnos autosuficientes. Claret buscó el consejo de personas experimentadas.

¿Has logrado ya descubrir o alcanzar y vivir tu «vocación»?