«…Mi dignísimo prelado D. Luciano Casadevall me llamó aparte y me entregó la carta de Vuestra Excelencia y el nombramiento del Sr. Ministro para el Arzobispado de Cuba. No puede Vuestra Excelencia formarse una idea de la pena que partió mi corazón semejante nombramiento; por dos razones, la primera porque no gusto de dignidades ni tengo suficiencia para ellas, y la segunda porque me echa por tierra todos mis apostólicos planes…» (Carta al Nuncio Apostólico, 12 de agosto de 1849; EC I, p. 304s).

SENCILLEZ EVANGÉLICA

El párrafo es de la carta dirigida por Claret al Nuncio tras recibir, el 11 de agosto de 1849, su inesperado nombramiento para arzobispo de Santiago de Cuba. Es un hermoso testimonio de tres cualidades: «sencillez», manifestada en la aversión a desempeñar cargos de importancia o lucir distinciones y dignidades; «humildad», al reconocer con simplicidad que no está capacitado para cargos de tal responsabilidad; y «disponibilidad misionera», pues prefiere trabajar enviado por otros, incluso en Cuba, por algún tiempo y con compañeros. Claret teme que tal nombramiento frustre sus planes de misionero itinerante.

Sabemos que aceptó, finalmente, por obediencia el nombramiento. Y esa disponibilidad misionera que le distinguía se tradujo a la larga en frutos insospechados de apostolado. Fue un arzobispo sencillo, sacrificado, siempre disponible para realizar importantes servicios a la Iglesia en Cuba y en España.

Solo quienes sirven a los otros con espíritu de amor, humildad y sacrificio se ganan los corazones de las gentes, al ser reconocidos como verdaderos enviados de Dios.