«Es cosa buena y laudable sufrir las cosas adversas de esta vida, sean las que fueren, de manera que no se manifieste exteriormente ninguna agitación de ánimo, ni se aflija demasiado el que las sufre, ni se queje de los otros de quien le da que sufrir, ni pretenda vengarse del malhechor. Pero es mejor padecer los males no solo con mansedumbre exterior, sino también sin quejarse ni murmurar del opresor, sin indignarse ni turbarse interiormente. Es, finalmente, lo mejor en sumo grado sufrir los males no solo sin perturbación de ánimo, sino también con alegría y con deseo de padecer más, para poder así ofrecer en obsequio al Señor aquel sufrimiento, y para poderle seguir más de cerca con la cruz» 

(El amante de Jesucristo. Barcelona 1848, p. 108).

GLORIARSE EN LA CRUZ DE CRISTO

A partir del año 1859, estando Claret en Madrid, se desató una tormenta de persecuciones contra él. Poco después, Claret comenzó a orientar su imitación de Cristo hacia el sufrimiento por amor y en unión del que padeció por él: «Todo lo que me dé pena lo sufriré por amor de Jesús y en unión de lo que Él sufrió por mí» (Propósitos de 1861, en AEC p. 695).

Esa es la razón por la que escribe en la «definición del misionero»: «Se goza en la privaciones, se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos» (Aut 494). Solo desde un auténtico enamoramiento de Cristo puede entenderse este anhelo de configuración total con Él. En su librito El consuelo de un alma calumniada (cf. EE pp. 202-218) da también las claves de comprensión de ese proceso.

¿Contemplando a Jesús sufriente –como hacía Claret–, seríamos nosotros capaces de superar los malos momentos de nuestra vida?