«En los casos adversos, guarda tu ánimo en paz. El justo vive de la fe y Dios prueba a aquel que ama. Esta vida es el tiempo de la guerra, de la tribulación y del llanto; a su vez, ya vendrá la felicísima y tranquila inmortalidad. Entonces quien haya padecido más por la justicia, más grande consuelo recibirá de la liberalidad del Señor, y su luz resplandecerá mucho más en la perpetuidad de los siglos» (Avisos a un sacerdote, en EE p. 246).

LA PAZ QUE DA EL SEÑOR

El seguimiento de Jesucristo no es un compromiso libre de dificultades y retos. La adversidad es un elemento fundamental en toda situación de la vida y más cuando, de manera libre y voluntaria, se asume la vocación como un don y una bendición de Dios.

Confrontar la paz interior venida de Dios con nuestros intereses personales nos ayuda a encontrar el verdadero sentido de la vida, de cuanto hacemos. Vivir de la fe es colocar en el centro a Dios como autor de lo que somos, realizamos y proyectamos.

El proceso de transfiguración, de transformación, es obra de Dios que nos crea y nos conduce a «revestirnos de Cristo Jesús, el Hombre Nuevo» (cf. Rm 13,14; Col 3,10). Esto no es algo fácil o sin problemas. En este proceso los santos han experimentado, en algunos casos, eso que los maestros de espíritu llaman aridez, sequedad, etc. Estas pruebas, acogidas en fe, llevan a la sabrosa experiencia de que «todo coopera al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28).

En los momentos difíciles, ¿coloco mi vida y mi trabajo en las manos de Dios? ¿He vivido algunas situaciones adversas que hayan hecho tambalearse mi fe y mi paz?