«La caridad me urge, me impele, me hace correr de una población a otra, me obliga a gritar: ¡Hijo mío, pecador, mira que te vas a caer en los infiernos!» (Aut 212).

LA CARIDAD ME URGE

La frase «la caridad de Cristo me urge», tomada de san Pablo (cf. 2Cor 5,14), fue el lema que estampó Claret en su escudo episcopal. No era para él una simple frase, por hermosa que sea. Fue la divisa de su vida, el motor que le movía a entregarse a su misión apostólica por el bien de sus prójimos. Condensaba en sí misma el «secreto» más hondo que bullía en su alma.

¿Qué sentía Claret al pronunciar estas palabras? Tendríamos que pedir una sensibilidad especial, que solo concede el Espíritu Santo. Claret, al hablar de lo más vital de su alma, usaba palabras ardientes, expresadas con frecuencia con interjecciones. La frase que comentamos no fue para él una simple consigna teórica. Recogía la aguda punzada interior que le lanzaba a correr sin descanso de una parte a otra para ayudar a sus prójimos y evitarles una frustración irreversible y fatal. Y todo, ¡por amor!

El amor de Cristo nunca aleja ni distancia de los hermanos. El amor de Cristo nos hace responsables de los otros (por eso Claret llama «hijo mío» a su prójimo, y ello sin connotación paternalista alguna). El amor de Cristo hace salir de sí, eliminando el ensimismamiento egoísta. El amor de Cristo busca el bien real de los demás por encima del propio.

¿Te atreverás a pedir a Dios el amor de Cristo? ¿Bastará que te sobrevengan «las ganas de hacerlo»…, o te atreverás a amar al prójimo «sin ganas»?