«No basta que el que comulga habitualmente tenga las disposiciones necesarias para comulgar; es, además, indispensable, para que la sagrada Comunión produzca en él aquellas gracias grandes, que siempre que se acerque a la sagrada mesa se presente cada vez con más atención y cuidado, con más humildad, con más vivos deseos, como un ciervo sediento, con más hambre y con más sed, con más amor. ¡Dichosa el ama que comulga con frecuencia y cada vez con nueva disposición!»(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 33s; editada en EC II, p. 597).

COMIDA QUE CONFORTA

Cuando nos acercamos a la comunión con el hambre y con el deseo de saciarnos totalmente de Cristo, el alimento sagrado nos nutre y capacita para toda obra buena. Así podemos asumir lo que significa Cristo en nuestra vida, podemos reproducir su actitud de ser para los demás.

La correcta disposición personal se manifiesta en la actitud generosa de salir de uno mismo, la disponibilidad para estar al servicio del que más necesita de nuestra ayuda. La mejor dietética del sacramento eucarístico –el Cuerpo y la Sangre de Cristo dados como alimento–, es que además de saciar esa hambre nos capacita para confortar a los másnecesitados de apoyo y de sustento.

Cristo es el alimento que nos reconforta en el caminar de la vida, en medio de nuestros quehaceres de cada día y en el anhelo de realizar nuestras más hondas aspiraciones humanas, lo que solo es posible en proyección hacia la fraternidad.

¿Me acerco al banquete eucarístico con verdaderas ansias de saciar el hambre de Dios que experimento en mi interior? ¿La comunión me empuja al amor fraterno?