«Ha estimado siempre la Virgen santísima a todos los fieles cristianos; pero amó de una manera particular a los Apóstoles, porque trabajaban estos en salvar las almas, que había redimido su santísimo Hijo» (Breu notícia de las Instruccions de la Arxiconfraria del Santissim é Immaculat Cor de María. Barcelona 1847, p. 118).

AMOR DE MARÍA A LOS APÓSTOLES

Según Claret, la Virgen María, que ama a todos los cristianos, ama con predilección a los apóstoles, es decir, a los misioneros comprometidos en la obra de la salvación de su Hijo.

La razón no estriba en sus méritos personales, en grados o títulos, ni en honores o jerarquías. La razón está en el fin que se propone el «apostolado»: salvar a quienes ya redimió Cristo. O, dicho de otro modo, cooperar humildemente a que la redención ya realizada se vaya aplicando a lo largo de la historia a cada nuevo ser humano que aparece en el mundo.

El afecto materno de María ayudará a los actuales apóstoles o misioneros a seguir siendo fieles a la misión recibida. Y, además, saben los apóstoles que no van solos. Nunca hay apóstoles solitarios. Somos comunidad enviada. Nada de lo que se hace en la Iglesia es obra exclusiva de los hombres: ¡siempre es de Dios! Nosotros, ya seamos cristianos de a pie, o evangelizadores enviados por la comunidad, somos los siervos, que hacemos lo que tenemos que hacer (cf. Lc 17,7-10), y Dios es el que hace sobre todo.

Puede ser buen momento para revisar mi vida y descubrir de qué manera soy apóstol, cómo hago realidad este envío misionero que el Señor me regala y cómo dejo que María me aliente.